El Equinoccio de los Dioses

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A diferencia de las infinitas estepas mesetarias de Castilla, con sus polvorientos caminos y su tierra enrojecida por la turbulenta virulencia de los tórridos estíos, esa orgullosa cabecera de Andalucía, que es Jaén, recibe al visitante, apelando directamente a sus sentidos con el intenso olor a pechina que exhala a los cuatro vientos, cual embelesado Narciso, el rey por excelencia y origen de su nombre, su hidalguía y su fortuna: el olivo.

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No en vano, ya hablaba Miguel Hernández en su poema–aireado a los cuatro vientos, sobre todo en aquéllos aperturistas tiempos de la Transición, por Paco Ibáñez o el grupo Jarcha, entre otros- de ‘los andaluces de Jaén’, reconociendo además en ellos, lo que continúan ejerciendo y siendo hoy en día, como dignos herederos de las tradiciones de sus antepasados: ‘aceituneros altivos’.

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Incluso antes de que California pasara a formar parte de las doradas páginas de la leyenda, con el benevolente estallido de la fiebre del oro, otro tipo de oro, líquido pero no menos valioso, ya se había descubierto en estas tierras, desde aquellos lejanos tiempos en los que la diosa celtíbera Ataecina y la romana Proserpina dirimían diferencias en los altares de la cultualidad de conquistados y conquistadores: el aceite.

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Y es precisamente, en una zona muy determinada, lo suficientemente alejada de las populosas ciudades hermanas de Úbeda y Baeza y también de aquélla Sierra de Cazorla, cuya mediatidad elevó a los altares de la fama la presencia en tiempos del incombustible Félix Rodríguez de la Fuente, la que todavía guarda, confundidos entre la vistosidad de esas metafóricas minas al aire libre que son los legendarios olivares, rincones de poética frugalidad, en los que todavía se presiente la presencia de unos dioses ancestrales, cuyo recuerdo aún perdura en las leyendas que se cuentan junto a los dulces fuegos del hogar.

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A medio camino entre Martos y Albánchez, pueblecitos donde la cal es el metafórico aceite de ricino que conserva el saludable aspecto de las fachadas de sus casas, aunque a la vera siempre de esa imponente y misteriosa Sierra de Mágina -donde todavía se recuerda a los descendientes del centauro Quirón, bajo la leyenda del todopoderoso Juancaballo- un solitario sendero se pierde entre la pretoriana guardia de corps formada por los olivos, para desembocar, inesperadamente, en un jardín, cuyo aspecto induce la primera impresión en el alma, que de sus ateridos parterres hace tiempo que emigraron las rosas y los pelargonios.

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Un jardín, quizás similar a aquél otro que inspirara a Thomas Bunett Swam, olvidado de los destemplados cambios de humor de una veleidosa humanidad que le da la espalda, pero que en compensación recibe los galantes arrumacos de un Tiempo que utiliza a las Estaciones como heraldos, para proveerle de seda verde en primavera, de luz dorada en el verano, de un vestido de dulces tonos ocres en el otoño y unas sábanas de diamantina escarcha en el invierno que le hace soñar, como a la Bella del cuento, con memorables despertares.

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Yo me lo encontré por casualidad, preparándose para recibir el incienso y la mirra del otoño, no lejos de donde la hiedra se extendía, con ansia de fiera, sobre los muros alicaídos de un cortijo, abandonado también, junto a cuya herrumbrosa entrada, el Tiempo, más clemente, después de todo, que los hombres, también había respetado, con la piedad que siempre se concede a los soñadores, esa historia de molinos y gigantes que a todos se nos presenta al menos una vez en la vida, cuando dejamos de ser la figura miserable de Alonso Quijano para convertirnos en la gloriosa encarnación de Don Quijote.

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¿Realidad o imaginación?, se preguntarán. Yo, como Sócrates, sólo sé que no sé nada. Pero caso de que insistan, tan sólo apego a la escolanía de Bécquer y simplemente digo aquello de: poesía eres tú.

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AVISO: Tanto el texto, como las fotografías que lo acompañan, son de mi exclusiva propiedad intelectual y por lo tanto, están sujetos a mis Derechos de Autor.
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