Hoy se me ha aparecido el fantasma de las Navidades pasadas y como al severo Scrooge, el famoso personaje de Dickens, me ha sacudido el polvo del aburrimiento, liberando recuerdos de una memoria, afectada quién sabe si por el horrible estigma de la nostalgia.
Fue también en diciembre, poco menos que coincidiendo con la puesta en marcha del alumbrado navideño, cuando el Museo del Prado, celebrando sus bodas de oro con la existencia, tendió parte de su alma a los ruedos de la afición, seduciéndonos con un inolvidable espectáculo virtual al aire libre.
Fue en ese mismo y gélido Madrid de siempre: el Madrid atacado por los furiosos empellones de los vientos de la Sierra; el de los termómetros congelados; el que apuraba las horas de ocio hasta que la escarcha de la madrugada tocaba a retirada, intimidada por el canto del gallo, mientras el sol se hacía el remolón esperando conmiserativo a que los abuelos se sentaran a adorarle en los bancos de los parques y jardines públicos, sintiéndose bendecidos por sus benefactores rayos.
El Madrid en el que la gente era estufa y leña para sí misma y para los demás y donde el vaho de las respiraciones se convertían en chimeneas imaginarias, cuyo humo se rondaba con la cálida afectuosidad con la que se rondan dos amantes desesperados.
En la balaustrada de piedra de la entrada principal del Museo, una elegante orquesta amenizaba un ambiente humanamente caldeado, mientras la flor y nata de las valiosas colecciones se descolgaba por las históricas paredes, metamorfoseándose en pinceladas de divina veleidad.
Y algunos minutos después, quizás siglos o unidades estelares, cuando ésta deja de tocar, también se aprecia un cambio en el panorama de la presentación virtual y es entonces cuando se desarrolla ese efecto de amalgama, cuando recuerdo parte de la técnica del genial Salvador Dalí y sus fantásticos relojes derritiéndose, de la misma manera que se van derritiendo, así mismo, los inmortales cuadros, como ectoplasmas que se deslizan sigilosamente por la pared, para perderse definitivamente en ese abismo insondable que son siempre las metafóricas arenas del Tiempo.
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