No voy a negar lo evidente: a simple vista, la escena puede representar una demostración de educada galantería o un acto de cortejo, salvaguardando las distancias que antiguamente imponían las buenas costumbres.
Pero fíjense ustedes, que cuanto más me detengo a pensar en ésta escena, más siento que me ocurre algo similar a lo que le aconteció al buen caballero don Alonso Quijano, cuando se enfrentó a los molinos, en una de sus primeras y más conocidas aventuras.
A diferencia de los amenazadores gigantes con los que la ilusión caballeresca empujó a don Alonso al noble combate, llevándole en su pasión más allá de las fronteras de lo aburrido objetivo, mi visión metafísica de las cosas, hace que vea en el enlutado caballero, la partida hacia ese lugar de la tierra en el que el polvo regresa al polvo y a la Dama Blanca, como al Alma que se despide de la prisión del cuerpo y brilla libremente en el Templo inmaculado del Espíritu.
Pero claro, entiendo que cada uno es muy libre de pensar e interpretar las cosas como mejor le parezca.
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