Situada al amparo de dos emblemáticos hitos histórico-artísticos, como son el Palacio y el Teatro Real, la Plaza de Oriente y sus jardines son, metafóricamente hablando, ese puerto que todavía conserva en la memoria olvidada en los meandros de la Democracia, el eco de los gritos de aquellos románticos exaltados que veneraban una Dictadura que sumió a España en la desesperación.
Apenas queda nada de aquellos tiempos en los que los topos no alzaban la cabeza de sus madrigueras y la sufrida España rural soñaba con unos Reyes Magos venidos de Ultramar, que dentro de las también metafóricas navidades promovidas por el famoso Plan Marshall de ayuda y reconstrucción, habría de dejarles sus generosas dádivas, incluidos los famosos tractores John Deere, como dejara consignado el cineasta Luis García Berlanga en su película de culto ‘Bienvenido, Mr. Marshall’.
Hoy, al amparo de las estatuas de unas dinastías de reyes guerreros que se remontan hasta aquél ‘asno’, como consideraban los invasores agarenos al visigodo Don Pelayo, convertido en molesto forúnculo arropado por las inextricables montañas asturianas, los paseantes contemplan esos hermosos atardeceres, que generalmente se ciernen sobre ésta parte del denominado Madrid de los Austrias, con taciturna parsimonia, quién sabe en realidad, si pensando que cualquier tiempo pasado fue mejor.
Y entre arquitecturas de época y torres modernas que se prolongan hasta unos cielos cuyas nubes en ocasiones parecen emisarias de esa misma confusión que hizo de Babel un mito, los tonos melancólicamente dorados de un sol en retirada, suscriben, en el alma de los madrileños, mensajes de esperanza en un nuevo amanecer.
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