Distante, aproximadamente, una centena de kilómetros de Madrid y situado a escasa distancia de la popular ciudad de Sepúlveda y ese espectacular desgarro natural conocido como las hoces del río Duratón, en el que se refugiaron no pocos godos que eligieron la alternativa eremítica cuando los musulmanes invadieron la Península, un pequeño pueblo, pudiera decirse que dormido en el sueño eterno del olvido, si no fuera por la magnificencia artística de su iglesia, que como un irresistible imán, atrae la atención de los cada vez más numerosos amantes del arte románico.
Duratón, que así se llama también el pueblo, apenas constituye en la actualidad un pequeño núcleo rural, que poco o nada recuerda la importancia que realmente tuvo en ese convulso periodo conocido como la Edad Media, comparable, si nos ceñimos a los avatares mitológicos, a la Tierra Media de Tolkien, cuando todavía hombres y seres elementales libraban sus particulares batallas, defendiendo su posición en el mundo.
Batallas, seres y mitos en muchos casos surgidos de lo más profundo del inconsciente colectivo, que con mayor o menor grado de comprensión y realismo, quedaron inmortalizadas en las numerosas esculturas, que como una fantástica crónica de la época, fueron inmortalizadas en piedra gracias a la labor incansable de unos gremios, los canteros medievales, que se fueron convirtiendo, quizás de una manera involuntaria, en los verdaderos cronistas de la época, ofreciéndonos, de paso, esa peculiar visión de los enfrentamientos evangelizadores, cuyas epopeyas sirvieron también como fuente de inspiración a algunos autores del futuro para sus grandes aventuras mitológicas, como el ya mencionado Ronald Reuen Tolkien.
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