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No lo podía soportar. No podía aguantar su cercanía, sus manos extendidas hacia mí, sus ojos implorando ayuda.
Todos siguiendo mis pasos, tirando de mi ropa... la miseria que se venía con ellos.
Me escapé a las montañas, me acerqué al gran precipicio: para verle la cara la cara al infierno.
Di unos pasos atrás, dudé, tuve miedo. Vagué años por aquella zona de corazones sedientos y tierra árida.
Me contemplaban como si fuera un gran pan a repartir entre todos ellos, miles de peces con que calmar su hambre.
Una noche me encerré en un huerto de olivos, me atacaron dos ladrones y logré desarmarlos. Los colgué para saciar mi sed de venganza.
Al amanecer, avergonzado por mi actitud, me colgué igualmente yo, clavándome a una cruz, abriendo mi carne, soltando la sangre atormentada. Tengo poderes para hacer eso y si se tienen, se usan siempre.
Fenecí en silencio para engullirme en la noche eterna. Deseando que todos ellos me olvidaran y dejaran de buscar un pastor a quien seguir.
Han pasado dos mil años y los desgraciados aún me suplican y se quejan. Siguen tocándome los huevos. Parece una maldición divina.