El joven se sacó la camisa mostrando su esplendida musculatura, muy bien trabajada. Con el hacha en ristre se aproximó al enorme y frondoso árbol, vio a un anciano sentado que apoyaba sus espaldas en el gran tronco.
-Eh, caballero, haga el favor de retirarse, tengo que trabajar.
El viejo lo miró sin expresión.
-Tengo ochenta años y llevo cincuenta descansando a la sombra de este árbol. Cuando lo vi por primera vez ya era adulto y frondoso.
-Lo debo derribar; lo siento, necesitamos más espacio para jugar a la pelota.
El octogenario miró hacia las ramas, ágil se puso de pie.
-No puedo dejarlo que derribe mi vida. Con mi esposa, fallecida hace un año, competíamos quien escalaba sus ramas más rápido. En la sexta rama gruesa está escrito “Te Amo”.
-Pero….usted no puede detener el progreso…
-¿Progreso? En las grandes ciudades se están muriendo ahogados con el smog, en aras del progreso.
El muchacho impaciente, de pronto sonríe con malicia.
-Si usted me muestra la rama escrita, le creeré su historia y no cortaré el árbol.
Las arrugas del viejo aumentaron con la risa.
-Bien.
Y ante el asombro del muchacho comenzó a trepar y lo siguió. Jadeante el abuelo se detuvo en una gruesa rama que decía “Te Amo”. Lo ayudó a bajar en silencio.
Al pie del árbol lo miró con respeto.
-Joven amigo ¿Quiere vivir años como yo?
-¡Por supuesto!....Entiendo.
Tomó su hacha, satisfecho se alejó.