Los demonios de mi infancia vienen a mi rescate. Comienzo a sentir su voz, me atormentan, puedo verlos hasta en aquella oscuridad casi sepulcral. Tal vez sea mi último día sobre la faz de ésta tierra, tan malvada, tan odiosa...
Tiemblo, el sudor emana de mi cuerpo, gélido, incesante. Puedo ya sentir la respiración de aquellos demonios. Cierro los ojos, entono una oración. Aquel gallo viejo y puntual me devuelve a la realidad...