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Paulito y las artes marciales

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Cuando las vacaciones escolares se hicieron para todos muy largas y el televisor y los videos juegos ya no representaban un lugar primario en mi vida, mis padres decidieron que debía tener alguna actividad para poder descansar de mis travesuras e inquietudes.

La experiencia del profesor de baile les excluyó cualquier cosa que tuviera que ver con arte, por lo que “sabiamente” mi padre decidió enviarme a clases de artes marciales.

-A los niños, con esas series orientales les llama la atención eso. -se excusaba con mi madre.

-Sabes muy bien que no estoy de acuerdo, ese tipo de actividades los pone agresivos.

Pudo más mi ociosidad sin freno que amenazaba los limites de la tranquilidad, que el dilema diario donde ellos exponían diversas razones validas e inicié mis clases en el duro arte oriental.

Los primeros días me sentí como un trapo pateado por los vagabundos callejeros.

Mi técnica autodidacta, copiada de las series y los juegos estaba errada y mi estilo era tan precario que hasta el mas chico de todos se vanagloriaba de darme mis revolcadas.

Casi jugaron fútbol con mi autosuficiencia y altivez y me bajaron desde el podio donde creía estar hasta el duro piso del gimnasio, sin misericordia.

Mi autocontrol incipiente me ganó regaños y alguno que otro golpe innecesario y mis suplicas ante el profesor y mi padre fueron nulas.

“En el fondo disfrutan con mi desgracia”, pensaba.

Pero no serían esos chicos quienes detuvieran mi revancha por las palizas y fui tomando el pulso a las técnicas nada ortodoxas que intentaban convertirme en un oriental nacido en occidente, cuando comenzaba recién a adaptarme a ser un niño normal.

Los gritos proferidos a cada segundo me parecían a los de perros hambrientos en la madrugada y aunque siempre me dijeron que era parte de la relajación y de dejar salir los ímpetus por medio de ellos, nunca llegué a entenderlo, menos aun mis padres que más de una vez salieron corriendo a mi cuarto creyendo que me había ocurrido algo malo, cuando en realidad practicaba alguna de las lecciones.

Las sombras, las puertas, los colchones, los árboles y todo lo que pudiera patearse se transformaron en mis enemigos invisibles y me fui transformando en un ninja salvador ante las maldades que intentaban apoderarse del mundo y hacernos sus esclavos.

Mi cuerpo comenzó a sentirse como un arma de carne y sangre que podía tomar por asalto a los rincones más oscuros de la casa y el sudor servía como agua a mi piel, que ante el reforzamiento de los músculos, se sentían poderosos cuando lograba derribar a mis compañeros y cobrarme poco a poco las anteriores batallas perdidas.

El profesor estaba maravillado con mis avances pero mi padre comenzó a perder terreno en su postura, ya que mis anteriores diabluras eran ínfimas ante el cambio de actitud que fui adquiriendo y que me hicieron pasar de travieso a agresivo.

En más de una ocasión sostuvo conversaciones privadas con mi instructor, quien lo calmaba con palabras como:

-Son los primeros momentos, con el tiempo irá calmándose, es la fiebre de saber algo nuevo.

Mis habilidades estaban en la mira y esas palabras, mas que convicciones eran simples excusas para que me mantuvieran en el grupo.

Un fin de semana, mi primo me colmó la paciencia y sin pensarlo me encontré golpeándolo y pateándolo, acción que provocó que se golpeara con la cama y se abriera una herida que ameritó algunos puntos de sutura y un castigo merecido de parte de mis progenitores.

-No te llevo al gimnasio para que golpees a tus amigos, sino para que aprendas como defenderte en el futuro. -Deletreó mi padre mientras me regañaba.

“Será para defenderte de mis travesuras”. Pensé.

Ese episodio terminó con la convicción de que debía aprender artes marciales pero aun así, buscando alargar el momento para soportarme veinticuatro horas, seguí asistiendo a las clases.

En alguna ocasión escuche como mi madre le reprochaba.

-Te dije que no era buena idea, él siempre ha sido un chico inquieto y hasta cierto punto rebelde, pero no se había comportado como lo hace últimamente, ¿Qué esperas para retirarlo?

En lo personal también comenzó a preocuparme esa corriente que se apoderaba de mis acciones y que parecía infrenable.

La puerta de mi cuarto fue la mas castigada ya que un acto reflejo me hacía patearla cada vez que la veía cerrada, igual ocurría con las cortinas que se transformaban en invasores y los adornos de porcelana sufrieron los embates de algún golpe fallado, “en defensa propia”.

Me comenzaron a parecer mis juguetes estúpidos y los videos juegos demasiado fantasiosos e infantiles, que decir de los juegos de mesa occidentales.

Me parecía que vivir en un cuarto de la casa era deplorable, cuando podía convertirme en un ninja errante en busca de aventuras.

Los inconvenientes se agravaron cuando en un arranque de furia incontrolada, desatendí las órdenes del profesor y rompí la boca, de paso sacando algún diente, de uno de mis compañeros en las practicas, todo esto en presencia de mi padre.

- Es suficiente, lo retiro. -Le dijo al profesor.

-Es cotidiano que no se controlen, son parte de las enseñanzas. -Intentaba excusarme el entrenador.

Pero nada lo convencería y como un forajido fui apresado en mi cuarto.

Fue la primera vez que vi furioso a mi padre.

-Que no sienta que golpeas algo, porque vendré y te golpearé más fuerte. -Fue lo mas extremo del regaño y de las explicaciones que me dio.

Como todo un oriental soporté el castigo, aunque me costó mucho trabajo dejar de golpear las cosas, cuando ya eran insoportables las ganas lo hacía suavemente con mi colchón.

Ya estoy casi curado de esa transculturización de las artes marciales pero me pregunto.

¿Soy yo el culpable de los errores de mis padres?

¿Pedí ser inscrito en esas cosas?

¿No es parte de machismo eso de que tu hijo sea todo un peleador?

¿Por qué no dejar quemar las etapas de la vida como se presentan?

Sin dudas hacen falta también escuelas para padres, ya que de esa manera podemos convivir sin la necesidad de probar y errar y ser nosotros los conejillos.

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