El plagio es un tema controversial y polémico, sobre todo cuando se aborda desde Internet, quien ha sido herramienta fundamental en la propagación del mismo, ya que a mayor conocimiento sobre algo, mayores riesgos que eso sea reproducido, tomado o simplemente mimetizado.
Jorge Luis Borges decía que todos somos plagiadores, porque con conocimiento o no, tomamos algo que ya otro planteó, pero a través de nuestro intelecto, esto enriquecerá el tema o simplemente lo banalizará.
Si vamos al fondo nos damos cuenta que se inicia este camino por medio de la educación, ya que el conocimiento comienza a impartirse desde allí y este ya tiene dueño, o sea se enseñan cosas que otros investigaron, escribieron y publicaron.
Cuando se llega al nivel superior, las tesis deben tener soporte referencial de algunos autores que tienen relación con el tema escogido y aunque se citan esas fuentes, las mismas se dispersan cuando se aceptan que estas puedan ser tomadas de Internet, ya que se pierde la veracidad de la autoría real porque son extraídas de páginas que raramente son del autor, sino que lo señalan a él.
Es tan difuso el tema que no existen estándares o porcentajes de similitud que determinen cuando existe un plagio, un escrito por ejemplo puede tener un 20% de similitud con otro y serlo, pero también puede tener 50% y no serlo, porque el autor que lo comete tiene un as sobre la manga que se considera legal, citar de donde lo tomó u otro ilegal que es cambiar el orden de las palabras u oraciones y alterarlo de acuerdo a su propia capacidad.
Se le llama a esto último parafrasearlo, pero la pregunta es ¿Puedo tomar un escrito ajeno y narrarlo a mi modo y salvarme de ser un plagiador”
En literatura ya existe un género llamado “Fanfic”, en el cual cualquiera puede tomar personajes, tramas u otros elementos de un autor y escribir su propia historia.
Más complicado se torna cuando se trata de escritos científicos, ya que los conceptos son irrefutables y como cosa curiosa se toman y rara vez se nombra al autor que lo convirtió en eso.
Si vamos a las imágenes entonces es más engorroso, ya que el colocar la fuente tomada de alguna página, solo indica que ella está allí, pero no al autor, lo que nos hace cómplices de posibles fraudes, aunque estas recen que son libres, ya que quien coloca eso es el dueño de la web no el autor de la imagen.
Internet ha hecho de las obras un maremágnum de contradicciones que aún no han podido ser ordenadas legalmente, porque los organismos que se encargan de esto, por ejemplo la Unesco, no posee las herramientas precisas para detenerlo, ya que es común que la gente confunda “Propiedad intelectual” con “Derechos de autor”.
La primera se solventa cuando alguien coloca el nombre del autor de lo que publicó, pero la segunda es violada consuetudinariamente a nivel de red o fuera de ella, ya que se transformó en una costumbre el tomar algo y reproducirlo, sacando beneficios de ellos sin darle retribuciones a los creadores. Ejemplo común el músico o cantante que gana dinero con composiciones ajenas o quien monetiza sus páginas o contenidos con trabajos de otro.
Por todo lo anterior y más el plagio es controversial, ya que las nuevas generaciones no tienen acceso a toda la parafernalia que esto implica y lo hacen, en muchos casos, como algo rutinario.
A nivel de honestidad, plagiar es robar, eso no tiene dudas, pero no solo el que copia y pega, o quien interpreta ideas y las revuelve para no tener que inventarse algo propio, sino que también lo hace el que monetiza canciones ajenas, imágenes o temas.
Como es lógico existen niveles descarados en las modernas redes sociales, ya que en ellas está el incentivo del dinero, que deben ser eliminados.
Un último tema de muchos que faltan está en que muchas cosas no se encuentran en la red sino en libros, bibliotecas u obras personales y es aceptado como autor el primero que la coloque en el ciberespacio e incluso existen casos en los que el plagiado debe demostrar lo contrario.
Al fin y al cabo Borges tenía de alguna forma la razón.