El escritor uruguayo Eduardo Galeano, nacido el 3 de septiembre de 1940 en Montevideo, realizó una extensa y productiva labor en el periodismo, el ensayo y el relato en la modalidad del cuento. Su actitud estuvo asociada con el pensamiento y las causas de la izquierda latinoamericana, en la que jugó un papel muy comprometido.
Su libro más difundido y leído ha sido Las venas abiertas de América Latina (1971), que quiso ser una especie de ensayo sobre la historia de la opresión y expoliación del continente, aunque él mismo reconoció, años más tarde, que era una prosa de izquierda pesada, escrito con poco conocimiento de economía y política, y que no leería nuevamente. En mi época de joven contestatario, como todo joven de las décadas del 70 y 80, lo leí y de algún modo, en mi imberbe intelectualidad, me cautivó. Muy lejos ahora de esa posición ideológica, no puedo dejar de reconocer el valor de algunos de sus aportes en su obra literaria, como paso a considerar.
Si bien reconozco que no he leído toda su producción literaria, el libro que más me interesó de él es la trilogía Memoria del fuego (1982-1986), que reúne un conjunto de relatos breves que van desde la creación del mundo hasta el siglo XX: “Los nacimientos”, “Las caras y las máscaras” (siglos XVIII y XIX) y “El siglo del viento” (siglo XX).
Mi interés se centró en el primer volumen: “Los nacimientos”, compuesto por relatos mínimos que son una “reescritura”, al modo de lo que conocemos como transtextualidad literaria, de textos diversos que dan cuenta de la visión cosmogónica de las culturas autóctonas, de la conquista y la colonización de América. Así también construye los otros dos volúmenes.
Siendo la intertextualidad o transtextualidad uno de los fenómenos literario-culturales que más me importan, en el ejercicio como docente universitario de Literatura Hispanoamericana lo usé mucho. La relación con textos míticos y leyendas prehispánicas (o precolombinas) o con documentos (cartas, relatos, etc.) de la colonia me resultaba sumamente productivo para que los estudiantes vieran en concreto aquello que Octavio Paz afirmaba en un ensayo que utilizaba como introducción a mi asignatura, principio de mi visión propuesta en la cátedra. Dice Paz: “La literatura hispanoamericana no es un mero conjunto de obras sino las relaciones entre esas obras”.
Así, por ejemplo, usaba mucho el primer texto de ese primer volumen:
La creación
La mujer y el hombre soñaban que Dios los estaba soñando.
Dios los soñaba mientras cantaba y agitaba sus maracas, envuelto en humo de tabaco, y se sentía feliz y también estremecido por la duda y el misterio.
Los indios makiritare saben que si Dios sueña con comida, fructifica y da de comer. Si Dios sueña con la vida, nace y da nacimiento.
La mujer y el hombre soñaban que en el sueño de Dios aparecía un gran huevo brillante. Dentro del huevo, ellos cantaban y bailaban y armaban mucho alboroto, porque estaban locos de ganas de nacer. Soñaban que en el sueño de Dios la alegría era más fuerte que la duda y el misterio; y Dios, soñando, los creaba, y cantando decía:
—Rompo este huevo y nace la mujer y nace el hombre. Y juntos vivirán y morirán. Pero nacerán nuevamente. Nacerán y volverán a morir y otra vez nacerán. Y nunca dejarán de nacer, porque la muerte es mentira.
Es una recreación de un texto de la mitología cosmogónica de la etnia yekuana, recopilado por el investigador Marc de Civrieux, recogido en su libro Watunna. Un ciclo de creación en el Orinoco, y de ello da cuenta Galeano. Es sumamente interesante cómo Galeano vertebra los elementos míticos y logra un relato de particular atractivo literario y coherencia con el origen.
Otro de los libros de Eduardo Galeano que aprecio es uno de cuentos, Vagamundo y otros relatos (1973), de los primeros suyos importantes. Allí hay un cuento que desde que lo leí hace muchos años conservo en mi afectividad como lector. Lo reproduzco a continuación.
Garúa
Había sido la última oportunidad. Ahora lo sabía. De todos modos, pensó, hubiera podido ahorrarme la humillación de la llamada y el último diálogo, diálogo de mudos, en la mesa del café. Sentía en la boca un sabor a moneda vieja y piel adentro una sensación de cosa rota. No sólo a la altura del pecho, no: en todo el cuerpo: como si las vísceras se le hubieran adelantado a morir antes que la conciencia lo hubiera resuelto. Sin duda, tenía todavía muchas gracias que dar, a mucha gente, pero se le importaba un carajo. La garúa lo mojaba con suavidad, le mojaba los labios, y él hubiera preferido que la garúa no lo tocara de aquella manera tan conocida. Iba bajando hacia la playa y después se hundió lentamente en el mar sin sacarse siquiera las manos de los bolsillos, y todo el tiempo lamentaba que la garúa se pareciera tanto a la mujer que él había amado y había inventado, y también lamentaba entrar en la muerte con el rostro de ella abarcando la totalidad de la memoria de su paso por la tierra: el rostro de ella con el pequeño tajo en el mentón y aquel deseo de invasión en los ojos.
Un cuento extraordinario, en mi valoración, que podemos inscribir en la mejor tradición del cuento latinoamericano, al lado de los grandes cuentistas nuestros.
El modo como nos va pasando de la experiencia de la separación amorosa a la decisión fatal que se va consumando mientras el narrador habla es, a mi modo de ver, un logro narrativo destacable. Por supuesto, inevitable la asociación con la decisión fatídica de Alfonsina Storni o de Virginia Woolf.
Referencias:
Civrieux, Marc de (1992). Watunna. Un ciclo de creación en el Orinoco (2º ed.). Caracas: Monte Ávila Editores.
Galeano, Eduardo (1987). Memoria del fuego. I. Los nacimientos (xxiª ed.). México: Siglo XXI editores.
Paz, Octavio (1979). In/Mediaciones. España: Seix Barral.
En los siguientes enlaces pueden descargar los libros de Galeano tratados: 1 y 2
Gracias por su lectura.