Imagen y diseño de mi autoría - @jlinaresp
Hoy amaneció de gris, y las hadas inverosímiles de lo incierto, pululan sin coherencia aparente por los rincones del día. Se entrelazan, se acusan, brillan, aparecen y desaparecen en su incansable existencia desordenada. Hacen un ruido breve, intermitente, interrumpido por los trinos del ave que las observa desconcertada.
Entonces me alzo y procedo a fingir. Me enarbolo en escueta e innecesaria intención, enfilo hacia un norte inexistente, deambulando durante horas por un espacio supuesto, adornado de miles de enseres flotantes, efímeros. El ruido comienza, no cesa, se hace sólido, se cuela por las grietas del ánimo y lo socava con sus efluvios impúdicos. Quema cada hebra de sangre, cada sorbo de aire lleva el sello de la canícula enfermiza que me escuece.
La calle necesaria conduce al patíbulo de ideas. Los actores repetidos se distraen mientras el condenado piensa. Ellos son uno y varios, se solazan con las minucias de bondades y de males, se arremangan y van dispuestos, alegres, convencidos… Y sumergen sus horas, minutos y segundos en la hoguera de miserias caprichosas, llamándole vida.
Y por mi parte, voy, aparezco, luzco extraño. Perturbador empedernido de un equilibrio que dejé de comprender, porque estando adentro no le miraba, y ahora desde fuera no le descifro. Entonces, me traduzco en orate, nebuloso, retador de certezas magras, esas mismas que una vez porté en mis viejos estandartes.
Allá, en su rincón imposible, diminuto e inexacto, fabricado de la nada… Está el sabio… O cuando menos, eso dicen los libros… Y esa voz que con constancia nos desgarra, la que habita en el plexo y retuerce los sesos… Lo repite con estoicismo que estremece y nos consagra: “Gris”…