Leandro había despejado el lugar de siempre, luego se dirigió al armario. Las dos cajas rojas estaban ubicadas en el fondo, corrió algunas otras para llegar a ellas, pero antes que pudiera alcanzarlas quedó inmóvil. Cuando pudo bajó de la escalera y salió a la calle.
Caminó y caminó. No sabe cuánto tiempo, remontó calles, dibujó veredas, repitió esquinas, anduvo como perdido de aquí para allá.
Con la mente cautiva entre imágenes del pasado buscaba el sol, sentía que fuertes manos le oprimían el pecho como queriendo secuestrarle el corazón.
Leandro deseaba sostener ciertos recuerdos, pero ansiaba convocar nuevas sensaciones, sorprenderse, alimentar con júbilo el alma, creer, iluminarse, sentir, amar.
Pero eso le era imposible, un vendaval de tiempos, edades, risas, penas y antiguos sueños se agolpaban en sus sienes reclamándole prioridad, atención permanente, insoslayable fidelidad.
Trataba de escapar de esos irreverentes reclamos que sin piedad lo hundían en la desesperación, cuando frente al paredón de una antigua fábrica divisó un bar, sin dudarlo entró y pidió café.
Sin embargo, el incesante murmullo y los ruidos del lugar se sumaron a la confusión y totalmente aturdido lo maniató la angustia para entregárselo al desconsuelo, a la imperiosa necesidad de llorar.
Leandro hizo un esfuerzo, pero no soportó la congoja y en medio de un profundo llanto, de pronto gritó:
-Basta, basta ya, Déjenme en paz por favor.
Ante el asombro de todos volvió a la calle, allí con sorpresa notó que lo esperaba el alivio de un cerrado silencio y acompañado por una milagrosa sensación de paz se dejó llevar camino del regreso.
Cuando llegó, ferviente y presuroso tal cual un niño soltó barriletes de entusiasmo, de ilusión, mientras armaba el pesebre y el árbol de navidad.