Me vestí de gala para recibirla, puse el disco en el plato, cogí el brazo de tono y hice que mi viejo tocadiscos volviera a sonar una vez más.
Me senté en ese sofá de sky marron bajo la luz tenue de una vieja lámpara, me encendí un cigarrillo y tras la primera calada soltando el humo poco a poco y con cara desafiante empecé a esperarla mientras sonaba otra vez ese vals en el viejo tocadiscos.
A ella la esperaba, a la que se refleja en un corazón imaginario compuesto de huellas que sale a la luz cuando se le arranca cada una de ellas, a ella con la que tanto me gustó coquetear a escondidas, la verdadera y pura verdad de esta jodida vida.
A ti a la que no saben cómo enseñarte en las grandes universidades, donde los escritores creen que puede sacar pureza de sus letras sin tocarte, donde al pintor le falta pelotas para retratarte como mereces, donde el músico se esconde en sus notas...
“Malditos sean” si se creen que pueden llamarse artistas sin que aparezcas en esa obra que tanto miman.
Ese reloj de pared cada vez va más lento o mi cigarro se va consumiendo más deprisa, mis piernas cruzada con la mirada perdida en ese rincón oscuro donde hay un cuadro que apena veo.
Otra calada más profunda a este cigarro casi consumido, las ansía de verte antes que acabe esta música que hace que mi sudor caiga sobre mi rostro hacia este smoking impecable que llevo.
Los nervios de toda una vida ensayando este vals, desde aquel último que tuvimos, que sin saber te pisé y huiste sin reparo.
Ahora te vuelvo a esperar con la inquietud de cualquier adolescente en su primera cita, pero siendo más sabio que nunca.
Me prepararé bien este baile, pondré mi mano en tu cintura con gran firmeza, me perderé en el cautiverio de tus ojos y volveremos a bailar al son de este vals y no te irás hasta que este viejo amigo deje de sonar.