Indignado, refunfuñón, don Porfirio estacionó su coche fuera de la clínica. Había llegado la hora de hacerse el examen de próstata.
Mientras bajaba de su vehículo, dos risueños treintañeros, quienes llevaban camisetas de manga corta y cuyos brazos estaban visiblemente tatuados, caminaron frente a él.
-¿Entonces, ¿Cómo me quedó? — le preguntó el fornido al delgado mientras le mostraba su enorme tatuaje en su antebrazo.
-¡Te quedó genial hermano! Te lo dije, ese Miguel es un artista -respondió el delgado mientras le daba una palmada en la espalda.
-Par de malandros -dijo don Porfirio con toda la intención de ser escuchado.
Los tipos se detuvieron, se dieron la vuelta, lo observaron por un par de segundos... después, riéndose, continuaron su camino.
-Maricones -les gritó, pero los tipos lo ignoraron.
Porfirio ingresó a la clínica, enseñó su papeleta, la enfermera, asistente del doctor, le indicó tomar asiento y esperar a ser llamado.
Al cabo de algunos veinte minutos, lo hizo, le abrió la puerta del consultorio, le pidió pasar. Nervioso, Porfirio cerró la puerta tras él.
El médico, con su bata blanca, dorso de gorila macho lomo plateado estaba de espaldas poniéndose los guantes.
Cuando este se dio la vuelta, ambos se reconocieron de inmediato. Don Porfirio quedó boquiabierto. Apenado, bajó la vista.
-No se preocupe, no pasa nada. Como verá, a algunos profesionales también nos gustan los tatuajes -dijo el alegre joven doctor mientras le mostraba sus descomunales manos. -Quítese la ropa, luego se recuesta boca abajo en la camilla. Le aseguro no le va a doler -añadió con una sonrisa maquiavélica.
Don Porfirio se encogió de hombros, luego, tembloroso, cabizbajo, se dirigió al vestidor.