El Enigma de Baphomet (297)

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los templarios, sobre su valor, sobre su autoestima mientras estuvieron unidos en el mayor grupo del mundo, guardando los secretos de sus signos encriptados como la señal de la cruz paté, signada en el cuenco de comer las sopas, que, una vez trazada, desaparecía y ya no volvía a verse hasta la próxima comida abundante en caldo. Pensé, en ese momento, que efectivamente, desde los albores de la historia, es una constante en los seres humanos que sentirse bien, sentirse importante y poderoso viene unido a la pertenencia a un grupo, y cuantos más símbolos y signos encriptados que sólo los miembros sepan y se trasmitan en secreto entre ellos, más poderoso es el grupo.

—No me ha dicho usted cómo se llama.

—No me lo ha preguntado.

—Ahora se lo pregunto. Es que estaba tan absorto en todo este embrollo que se me había pasado.

—No tengo ningún inconveniente: me llamo Ekhard Jacob. Eso es lo que figura en mi DNI. Yo había pensado que, cuando le he enseñado los dibujos de Baphomet en mi DNI, se habría fijado usted en el nombre y en todos los datos. Veo que está usted un poco verde para andar por el mundo.

Verdaderamente usted necesitará siempre de un guardaespaldas.
Me sentí un poco ridículo con esta revelación y ficha que hacía de mi persona. Y me reconocí humilde para no volver a ser creído ni engreído por nada, ni siquiera publicando el libro revelando el mayor secreto de la historia de Europa de los últimos setecientos años.

Ahora relájese y duerma —terminó diciéndome— que estará cansado. Yo también voy a acostarme un rato en mi hotel, antes de salir hacia el aeropuerto.
Me eché en la cama pero no podía dormirme. No pensaba más que en Clara. Si ya quería ir a París porque tardaba unas horas en llamarla, no quería imaginar el calvario que estaría pasando sin saber nada de mí a estas horas, en países exóticos y lejanos. Sentí, por momentos, lo que nunca había sentido, que el amor más profundo se inicia en la cercanía, pero se fragua, se consolida y se cristaliza en la distancia, o bien se muere para siempre. En mi caso se estaba petrificando pues nunca quise estar tan cerca de Clara como ese día.

Capítulo XII
92

Mientras estuve allí dentro, no pude comer nada. Tanto es así que, al día siguiente por la mañana, me llevaron a la enfermería y pasé un reconocimiento médico exhaustivo. El médico de la prisión —turco, sin duda— me dijo en casi un perfecto castellano con acento del Caribe o quizá mejicano:

—Puede aprovechar esta estancia entre nosotros para desintoxicarse. Es muy sano no comer ni beber más que agua, durante tres, cuatro e incluso cinco días. Pero usted no debería abusar, porque ya es delgado por naturaleza, y si pierde cuatro o cinco kilos va a quedarse en los huesos. Pero está usted sano como un toro.

Después del reconocimiento me devolvieron a la celda, y al poco tiempo vinieron a abrir la puerta de rejas. Un policía desarmado me llevó al mismo despacho del comisario o lo que fuera. Yo no sé qué cargo ocupa, si director de la cárcel o jefe de la policía, porque el hombre permanecía con el uniforme que yo no había visto antes.