El triturador

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Llegó el lobo a casa de la abuela y como no había nadie entró por la ventana. Una vez adentro dijo «mejor que no esté la abuela porque esa vieja tiene el pellejo muy duro y siempre me hace vomitar». Fue al cuarto, se disfrazó de abuela y se dispuso a esperar a la Caperusa. Como la cama era cómoda y él vivía cansado, se quedó dormido y a media noche cuando despertó escuchó un ruido.

     Alguien intentaba forzar la cerradura; no ha de ser la abuela, pensó, porque las abuelas no olvidan las llaves; tampoco Caperusa porque es muy tarde para que una niña ande sola en el bosque.

     Entonces se asustó porque podía ser alguna bestia que quisiera devorarlo o el fantasma que habitaba en casas solitarias o el que venía a torturarlo.

     El ruido fue más contundente, pero la puerta no cedió porque el lobo la había asegurado con una tranca; que al final no impidió para que la tiraran al piso de una patada y le cayera encima al lobo. Como pudo se liberó de la puerta y cuando descubrió quién la había derribado, quedó boquiabierto.

     ─¿Quién es usted? ¿Por qué tiene esos ojos tan grandes?
     ─Es para ver mejor.
     ─¿Por qué tiene esas orejas tan largas?
     ─Para escuchar mejor.
     ─¿Por qué está vestido de abuela?
     ─Para no llenar la cama de pelos.
     ─¡Ah!, de modo que usted es el lobo feroz. Mucho gusto, soy el triturador.

     Pero el lobo no le tendió la mano porque justo en ese momento despertó, del sueño y del susto, y como en la mente le seguía rondando la palabra triturador, saltó y huyó por la ventana.

     La abuela se descolgó la escopeta, puso la cesta de comida en la mesa, arregló la puerta, aseguró la ventana y se tiró en la cama como si nada.



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El triturador | Ecency