¿Sabes? Creo que este islote no es casualidad que esté aquí, en medio del mar, en un lugar tan cercano a tu naufragio y el mío. Llevo pensando en eso varios días y también sueño mucho con un barco, un barco de velas cuadradas que navega en el alba, cerca, muy cerca del horizonte. En un amanecer hermoso, lleno de olas en el mar. ¿Y tú has viajado mucho en barco? Me preguntó la joven, siempre sentada y observando mis gestos con atención. Sí, en el barco que me llevó a la isla prisión. Porque en aquellos tiempos había que huir lejos de las ciudades, de las militares y todo lo que ya tu conoces. ¿Qué es una prisión?
En el alba, justo en el alba, se mecían las velas, titilaban las candelas de los faroles y el barco se movía mucho. Entonces el capitán encontró a Jen, una polizona a bordo, metida en unos barriles de madera, porque bien sabrás que los hombres huyeron de la tierra por culpa de las mujeres. Sí, yo lo vi todo cuando era niña. Me enseñaron en la escuela que los hombres como tú son seres malignos, sacados de las entrañas del infierno y que siempre han humillado a las mujeres. ¿Por qué no me humillas y maltratas?
El capitán la sacó violentamente del barril, yo intenté detenerle, pero desenfundó su revólver, me apuntó, sosteniendo en su rostro una mirada infernal, ojos abiertos y pánico, mucho pánico. ¡Maldita perra! ¡Escoria de la raza humana! La agitaba, agitaba a mi Jen, y yo incapaz de nada. ¡La borda será tu condena! Tu carne es tan putrefacta que ni los tiburones querrán morderte. Y le lanzó golpes y patadas, muchas patadas, porque en tierra las militares estaban asesinando a sus hermanos por ser hombres, por haber causado todas las guerras que precedieron al presente, por ser ambiciosos y por ser sujetos de bien muchos de ellos, pero las militares nunca perdonaron a nadie. No hubo piedad.
Por eso nunca se hará la paz, dijo la mujer. Porque crece un odio de seres que ya no se ven como iguales. Como si fuesen dos razas inteligentes distintas, la lucha por el control de la tierra, esa tierra llena de culpa que produjo la rebelión de las hembras, unidas en favor de un mundo nuevo donde reine un solo ser superior.
Pero Jen nunca fue así…Siempre fue más humana que mujer. Como muchos hombres que murieron siendo más humanos. Y ahí estaba, siendo castigada por supuestos pecados que nunca cometió, siendo ultrajada por el odio, por la frustración de no poder defender a su familia, y es así, la venganza duele, la muerte duele. Todos a bordo sentían la misma rabia, el mismo placer de ver sufrir a un elemento de la especie enemiga. Todos menos yo. ¡Al agua perra! Gritó mi abuelo. Y llovieron más golpes sobre su humanidad, ya destrozada, quedaba solamente su figura femenina, su rostro ensangrentado, el cabello sucio y rojo. Lloré mucho. Siempre todo ha sido así, una injusta carnicería. Una impotencia interminable. ¿Y los hombres pueden llorar por las mujeres? Dijo ella asombrada.
Y corrí el riesgo de ser castigado también, porque el capitán me acusó de haberla subido, lo que era cierto, aun así, no dije nada, solo la veía sufrir y sufría mucho.
Yo vi cosas peores en la tierra, dijo la mujer entristecida, porque vi a los hombres caminar sin genitales, los vi en actos públicos siendo marcados con hierros candentes y los marcaban como si fuesen bestias, los esclavizaron para que su purga fuese más rápida. Los despojaron de todo, incluso en mi casa había uno de criado, al cual solo le cortaron la lengua, pero ese vivió bien porque mi madre sintió piedad de él y le dio de comer. Las militares fueron demasiado brutales, sin duda los hombres poseen más compasión y menos brutalidad.
¿Qué ingenua eres? Reí envuelto en una gran tristeza.
Porque Jen no fue lanzada al mar, no ¡Ojalá hubiese sido lanzada al mar!
Jen fue llevada a la bodega oscura, y a su alrededor colgaron varios faroles, la desnudaron y ultrajaron, le extirparon muchas cosas… cuanto dolor siento al recordarlo todo. Las veces que se divirtieron con ella tan asquerosamente, entre los gritos de dolor y las risas macabras. Me preguntaba cómo estaba todo en la tierra. Porque a Jen le quemaron sus pechos, porque hasta se inventaron paranoias, creyeron incluso que Jen era una infiltrada en busca de refugios donde los hombres pudiesen huir y restablecer su poder.
La joven enmudeció.
Ves que no somos tan diferentes…
Al llegar a la isla prisión todo fue como ilusorio, porque nada parecía real, porque Jen seguía en el barco, este pasó a ser un medio de exploración con el cual detectar posibles naves enemigas que estuviesen buscando refugiados. Jen siguió allí, en la tortura eterna. Al menos las militares permitían al hombre morir, Jen vivió una agonía eterna, tanto que, al regresar el barco a la isla, Jen estaba calva, ni siquiera hablaba, apenas podía abrir los ojos, una figura totalmente indiferente, incapaz de recordar lo que era la vida, porque ya estaba muerta hacía mucho tiempo en su mente, eso es peor que cualquier otra cosa. Y las militares atacaron los barcos y los marineros fueron desapareciendo con el paso del tiempo.
Ahora lo entiendo todo, dijo la mujer parándose frente a mí. Por eso mi madre le daba de comer al esclavo, y prefirió cortarle la lengua antes que cortarle otras cosas, porque mi madre antes de ofrecerlo al sacrificio lo usó, lo usó mucho. ¿Por qué no has intentado usarme? Dijo ella con temor.
Ahora en la tierra no hay hombres de esos tiempos, solo las militares con sus estúpidas ideas de expansión de la raza femenina, la raza suprema capaz de procrearse ella misma con inseminaciones artificiales, con la extracción de material genético de sus médulas, con la posibilidad de traer al mundo solo malditas y adoctrinadas mujeres iguales a ellas. Si solo hubiese una mujer como Jen yo sería feliz.
Pero ya no soportaba más seguir en la isla prisión, porque estaba dormido, sediento y lleno de frío, porque quise explorar otras tierras y vivir como un hombre nuevo y libre, dispuesto a enfrentar los desafíos que asechan más allá del horizonte, poder guiar a otros hacia esas regiones y enseñarles las artes de la navegación, ese es mi sueño, también quiero morir, porque Jen está en algún lugar lejos de la vida, lejos de este sueño.
Lejos de esta pesadilla, la mujer tomó mis manos y se compadeció. Porque ver a un hombre entrar a la tierra sería un ultraje, y lo que te harían sería horrendo e inimaginable, vuelve y que nadie te vea, porque no me lo perdonaría. Porque no quiero que tu raza se muera y sea débil, quiero que regreses y busques la paz, en tu isla prisión y viajes y explores todo sin miedo, me gusta esa forma tuya de soñar. Y encuentres a tu Jen del otro lado de la vida y sean felices, yo regresaré a la tierra y contaré lo qué es un hombre a todas las que quieran escuchar, a las que sienten curiosidad y no se conforman con los escasos libros de bilogía antiguos que quedan, y decirles que conocí a un hombre que no me maltrató ni me humilló, a uno que lloró y que no me quiso usar y que es muy valiente y tiene sueños que parecen imposibles. Entonces me miró mucho, con una profunda admiración y se llenó de valor y una extraña sensación que jamás había sentido en la tierra. ¿Y existen otros hombres como tú? Dijo la joven llorando de alegría.
Se divisó en el alba el barco de velas cuadradas, en un mar lleno de olas en perfecta armonía, y gritaban mi nombre, muy alto, tanto que se sentía proveniente del cielo, porque los hombres tienen la voz muy fuerte y la mujer se escondió tras unas rocas y sonrió. Vete ya. Y los marineros me recogieron, y me dieron agua y comida, y la vieron entre las rocas y sonrieron mientras le dejaban sobre el coral pan y agua, para que la mujer comiera cuando el horizonte estuviera despejado. Navegamos a la isla prisión donde soñé mucho, soñé con la mujer del islote, con su naufragio, y con el mío. Deseando que las militares la rescataran. Deseando explorar tierras lejanas y contarles a los últimos marineros solitarios que cerca de las aguas de la isla prisión aparecen hermosos seres llamados mujeres, en misteriosos islotes de coral que aparecen con la marea baja.
Tanto las imágenes como el escrito son de mi autoría