Solo quedó una pequeña golondrina, llamada Alba, y un viejo lagarto, Roco, demasiado cansado para emprender el viaje.
—Vámonos también, Alba —croaba Roco desde su roca abrasadora—. Aquí no hay vida. Solo polvo y muerte. ¿Para qué quedarse a contemplar el fin?
Alba no respondió. Volaba bajo, casi rozando la tierra calcinada, hasta que encontró algo que la hizo detenerse: una bellota negra, carbonizada por el incendio, pero que aún conservaba su forma.
Con su pico, Alba la llevó hasta la orilla del arroyo seco. Cada mañana, cuando el rocío de la noche se condensaba en una pequeña hoya, Alba recogía una gota y la dejaba caer sobre la bellota. Una sola gota.
Roco observaba la escena y reía con un silbido ronco.
—¿Acaso crees que con una lágrima vas a resucitar un muerto? ¡Deja ya esa necedad! La esperanza es un lujo que no podemos permitirnos en la sequía.
Pasaron los días. Las alas de Alba se debilitaban, y su pecho palpitaba con esfuerzo. Pero cada amanecer cumplía su rito: una gota, solo una gota, sobre la tierra seca que cubría la bellota.
Una tarde, mientras el sol se ponía y las sombras se alargaban como dedos acusadores, Alba se acercó a la bellota y, para su asombro, vio una pequeña grieta en el cascarón. De ella asomaba una raíz diminuta, blanca y frágil, como un hilo de luz en la oscuridad.
Roco se acercó, mudo de asombro.
—¿Cómo es posible? —preguntó.
Alba, con su voz apenas un susurro de viento, le dijo:
—No estaba segura de que viviría, Roco. Pero la esperanza no es saber el final; es tener el valor de regar la tierra aunque esté seca. La vida no siempre se ve, pero siempre se espera.
Poco tiempo después, el cielo se cubrió de nubes y la lluvia bendita regresó. La bellota germinó y se convirtió en un roble vigoroso que, años después, volvió a dar sombra y frutos a todos los que regresaron del exilio.
Y Roco, ya muy viejo, solía contar a los jóvenes lagartos la lección que aprendió: que mientras una gota de agua encuentre una semilla, la esperanza tendrá un lugar donde echar raíces.
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