Micro ficción: Sin miedo al reencuentro

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Sin miedo al reencuentro

Sentado en el centro del área de comida rápida del gran centro comercial, saborea la enorme hamburguesa, mientras veía a cientos de personas ir en ambos sentidos.

Recordó años anteriores en que la afluencia era inmensa en esta época. Gente riendo, sin mascarillas llevando muchas bolsas en las manos.

Ahora, todos cumplían las normas de aforo, y la mayoría frente a los mostradores se veían pensativos detrás de los variopintos cubre bocas. Pensó, «están consultando con los menguados bolsillos».

Del otro lado de la puerta de vidrio, dependientes con ojos de hastíos, esperando cumplir con el horario y rogando por la entrada de un cliente generoso y afortunado.

No le gusta esperar, pero en esta ocasión nada puede hacer. En otro tiempo, no pasaría más de cinco minutos antes de retirarse. Su tiempo vale tanto como el de cualquier otro.

El asunto es que a quien espera, no es cualquiera.

Con cada bocado, imaginó entrar en la mente de cada persona que frente al mostrador de la tienda de la esquina observaba el reluciente portátil de última generación. Vive en carne propia, la expectación y desencanto al contemplar el precio inalcanzable.

Se dijo así mismo, suplantando el rol del mirón. ¡Y si dejó de pagar seis meses de arriendo! Aún me falta más de la mitad. ¿Quizás, pueda adquirirlo a crédito?

Con cada persona con ojos de frustración que abandonaba el mostrador. También, marchaban ideas desechadas.

Observa la pantalla del celular, veinte minutos de retraso. El hielo del refresco derretido hace insípida la bebida cada vez menos fría.

Mira alrededor, mientras lleva la bandeja al recipiente de desperdicio. No aguanta la tentación de corroborar de cerca el objeto causante de tantos anhelos frustrados.

Los ojos se les iluminan ante la reluciente maravilla tecnológica. Hace dos meses, la suya colapsó luego de que una sobrecarga eléctrica quemara la tarjeta principal.

Vuelve a mirar el reloj digital en el celular. No aguanta la tentación de entrar para preguntarle al dependiente los métodos de pago y financiamiento. Pero de repente, una voz familiar lo llama por su nombre.

Es una mujer, entrada en años.

—¡Madre! ¿Cómo estás?

La mujer con lágrimas en los ojos le contesta que bien. Es la primera vez en dos años que lo ve, por culpa del miedo al contagio ante la fragilidad de su salud.

El miedo a la muerte la hizo ermitaña en la casa de la colina, mientras el remordimiento de su único hijo, acusado de matar a su marido por supuestamente contagiarlo con un virus que él, nunca sintió y mostró síntomas.

Titubeo hasta que ella extendió los brazos.

Él la abrazó con zumo cuidado, como si tratara de un fino cristal.

—¡Sin miedo hijo! La separación y la soledad son más duros que el temor, y no pueden ser suplantado por una pantalla —, le dijo con ternura.

Ambos lloraron en público sin importar quienes los miraran. Hasta que el gerente de la tienda, los interrumpen diciéndole.

—Madame, ¿es usted quién hizo el pedido de la computadora?

Madre e hijo sonríen mientras entran a la tienda.

Fin

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Una micro ficción original de janaveda@janaveda

Foto de Marco Bianchetti en Unsplash

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Muchas gracias por leerme, espero sea de su agrado.

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