Hay un silencio electivo que me consume, uno que trato de disimular con risas pre-producidas, con conversaciones sobre-estimuladas y temas de la cotidianidad. Ese silencio penumbroso algunas veces me aturde. Puede parecer extraño, e incluso exagerado, pero lo cierto es que el silencio pesa. Aquello que me obligo a callar, que intento guardar en los archivos de mi mente, puede que sea la peor de las medicinas.
Sin embargo, prefiero hacer silencio de esos intrusivos pensamientos que me invaden en la soledad, prefiero acallarlos con el sonido retumbante de la música, con los diálogos de una película, o con una conversación que con el paso de los segundos se vuelve efímera.
Hasta que vuelva a ser una sola con mi mente. Hasta que vuelva ser esa simbiosis de pensamientos y emociones que intentan reflejarse de nuevo en el espejo en forma de agua salada.