Las horas pasan, todo alrededor sigue inmóvil, la silla, la TV, hasta el ventilador, solo se ejecuta una acción, pensar, un diálogo ficticio entre los ojos y la pared, todo transcurre en el espacio imaginario de la mente pero, entre tanta reflexión comienzan a surgir dudas, pensamientos contrapuestos sin una respuesta clara.
Por cada momento se dificulta más tener la certeza entre tantas interrogantes y formas de comunicarse incluso desde el primer momento que ocurre la conversación. Hacer o No Hacer, decir o no decir. Detenerse a cuestionar ambas y ver su relación revela una naturaleza más profunda que enturbia cualquier toma de decisiones. Pero esta confusión tiene una perspectiva que muchas veces obviamos. Creemos que mantener activa la conversación a través de las palabras es la única forma válida, cuando en realidad el silencio conlleva al mismo comportamiento, está sujeto a las mismas reglas y las diferencias que existen provienen del acto en sí mismo, el silencio no expresa palabra porque deja la posibilidad abierta a cualquiera de ellas.
El silencio lleva consigo una carga moral añadida por nosotros. En sí cualquier acción no tiene ninguna connotación (positiva o negativa), somos quienes moldeamos nuestra realidad a través de la propia interpretación, y cuando llevamos a cabo la acción a través de la intención. De esta forma nos queda una tríada para describirlo: Intención-Realidad-Interpretación. La misma es quien "humaniza" nuestro diálogo y lo dota de una complejidad emocional dejando que no sea solo una simple etiqueta.
Existe un número de combinaciones y de matices por cada parte de esta tríada, que a su vez es un flujo cerrado que se repite una y otra vez. Al llevar a cabo la primera interacción poseemos intención, un prejuicio sobre cómo se va a desarrollar la situación y qué esperar de la misma en función de lo que se quiere expresar. Luego está la realidad, ese plano que simplemente es lo que es, no se puede modificar, es lo que se observa, lo que se juzga. Y ahora es cuando se cierra el bucle, la interpretación no es más que la intención de recibir o sea, juzgar esa realidad compartida, entonces se convierte en la intención de esa persona con quien mantenemos el diálogo, que modifica la realidad para que sea interpretada. Así se desarrolla este vaivén.
Si nos adentramos más en la Intención y la Interpretación cuando le añadimos las emociones todo agarra un color distinto y es cuando comienzan las confusiones y mezclas tan complejas que puede dar la comunicación. Aquí es donde comienzan a manifestarse las diferencias de argumentos que solo la Realidad es capaz de corroborar pero es ajena a los participantes. Por ejemplo:
Un argumento puede ser tomado como válido por nosotros pero para nuestro escucha no, aunque el desenlace "real" es completamente diferente. La empatía y comprensión de una de las partes convierte el flujo en algo dócil y llevadero, pero no necesariamente siempre es así. De igual manera puede tener como base la indiferencia como polo opuesto. Siempre no es tan lineal, debemos recordar que la intención y la interpretación están presentes entonces, se puede presentar la intención de realizar una acción y no llevarla a cabo tal y como se imprimía en pensamientos tanto como quien interpreta tiene la libertad de entender algo completamente diferente a la realidad. Así vemos cómo todo no tiene una polaridad marcada, más bien es un espectro de dudas al que apelamos a través de la confianza.
Dentro de todo esto el silencio no ocupa un rol secundario, es la base expresiva de muchas de estas formas aunque es diferente en cada escenario. Dejando las inferencias y el lenguaje corporal fuera y centrándonos en su naturaleza misma el silencio acrecienta esa duda. Es el mar de posibilidades superpuesto, pero no necesariamente tiene que colapsar en algún punto de este rango de positivo-negativo que tendemos a asociarle a los actos. El silencio añade tensión por desconocimiento y queda a merced si es llevado a cabo como resguardo de la paz o tiene un carácter nocivo.
Sería un error pensar que todo esto ocurre entre un yo y otro, dos personas distintas en un mismo espacio. Nuestro diálogo interno ocurre de la misma manera, solo que sin el componente visual. Existe un silencio en nuestras respuestas que puede esconder un trasfondo, la huida. Escapar de nuestras propias interrogantes sin resolver muchas veces nos lleva al resentimiento, se vuelve encierro cuando no somos capaces de percibir que la situación inicial presenta un cambio y nos mantenemos anclados al mismo pasado que nos llevó a tomar el voto de silencio.
Entre tanta reflexión a lo lejos, a través de las ventanas se notan las hojas de los árboles batiendo. Es un buen momento para detenerse, el sonido del viento atravesando las ramas es un recordatorio que la vida, aunque cargada de silencios este no es una amenaza, brinda la calma necesaria. No siempre tenemos control sobre las situaciones externas pero está en nuestras manos obrar manteniendo la apertura y la flexibilidad para aceptar. Cuestionar pensamientos aunque sean ajenos a nuestro contexto pero sin imponer o violentar el ajeno (o el nuestro propio).
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