Ni siquiera me di cuenta de las cosas que dieron pie a este desafecto.
¿Habría sido mi culpa? ¿Qué hice para merecerme ésto?
Cómo obviar los días en qué hacías que dormías, pero al más mínimo descuido, tu teléfono comenzaba un nuevo inicio de conversación, y no era conmigo.
Aún así, creí que debía darte un poco de espacio, creí que las relaciones pasaban por esa etapa en que, queremos disponer un poco más de tiempo a solas, por lo que no me preocupe.
Recuerdo aquel día, dijiste que irías a dormir con tus amigas, que querías pasar un rato a solas con ellas.
Sin pensarlo accedí, sencillamente deseaba que estuvieras feliz, como una vez lo estuviste al principio.
Mi corazón se mantuvo frío toda esa noche.
Pensé en cuantas cosas habían cambiado en nuestra rutina, que ahora estábamos tan separados.
Cómo la luna y el sol, tan distantes y haciéndonos desconocidos, en el lugar donde una vez nos conocimos.
Mi esperanza era más fuerte que la agonía que calcomia mi corazón, deseaba con todas mis ganas que se reanudará el amor que profesamos al principio, pero que se había apagado.
“Creo que debemos darnos un tiempo”
Aún retumban esas palabras en mi cabeza, como disparos a quema ropa atraviesan mis sentidos, doblegando dentro mí el amor que un día sentimos.
¿Me merezco ésto? ¿Soy el culpable?
Por las noches sigo pensando si decirte sí a todo, fue el mal irremediable que llevo a la deriva lo que una vez construimos.
Me consterna saber que quizás fui yo quien condujo hacia al vacío este querer que un día fue especial.
Hoy he visto tus fotos con otra persona.
A mí puerta, un abogado se ha tomado la molestia de redactar el documento que oficializa nuestro divorcio, uno que no deseo, pero cuál olas inmensas que golpean fuerte la costa, tu desamor deshace los pétalos de un amor que un día atesore.
Dices que lo amas, que no había llegado nada especial en tu vida, que ahora conoces lo que realmente es la felicidad.
¡Diantres! Mi corazón está embargado por la desdicha, se consume en sí mismo al pensar en tu caricias, cuando decías que me amabas y que para mí siempre estarías.
Está casa ya no es un hogar, todos los días se han vuelo grises y todos terminan mal, quizás es tiempo de acabar este sufrimiento que ha provocado todo este mal.
¡¿Qué he hecho mal, maldita sea!?
Grita en desconsuelo mi interior, está sofocado en las penas y amargura al ver las desgracia del adiós, que es irremediable y pone fin a esta ilusión.
Desde el piso más alto, hoy miro el final. El viento me empuja hacia el abismo diciendo que todo tiene su final, que dé un paso adelante y que todo mejorará.
Aún así, los latidos de mi corazón se hacen lentos, saben que no es la solución de poner fin a este sufrimiento.