Facundo, vio una mariposa revolotear cerca de la ventana de su cocina, eran las 5:00 AM y el café perfumaba la casa entera. Tenía demasiado sueño y al ver las amarillas alas de aquella minúscula mariposa, pensó: "al menos no soy el único que madruga". Había dormido poco y la cama se le hacía demasiado suave y cómoda para dejarla, pero el deber llamaba.
La mariposa chocó contra el cristal varias veces, así que lo abrió y la dejó entrar. Le gustaban las mariposas, tanto que se había tatuado una en el hombro izquierdo. La mariposa se deslizó en la cocina y empezó a explorar el recinto, pero allí no había ninguna planta que le sirviera de sustento. Probablemente habia caído en una trampa mortal al aceptar su invitación. Pensó que él no era muy distinto de esa mariposa. Había presentado su curriculum en aquel prestigioso supermercado y había insistido en trabajar ahí, pero ahora se sentía atrapado y agotado, sentía que ahí se le agotaba la vida.
La pequeña y colorida visitante se posó en el único portaretrato que había en el monoambiente, en el que habia una foto familiar. Un pequeño Facundo de apenas 8 años, sonreía junto a su madre y sus hermanos. Entonces recordó que de niño se armó un álbum con cientos de insectos pegados en las páginas. Los cazaba en el traspatio de su casa, en el parque, en la escuela o en casa de sus abuelos. Su mamá estaba horrorizada porque su variada colección incluía mariposas, saltamontes, grillos, chicharras, abejas y hasta una cucaracha.
Dió un sorbo a su café y rebuscó en sus recuerdos a dónde fue a parar eses álbum. Y es que en más de 30 años no había pensado en él, a pesar de que había sido su más grande tesoro de la infancia. Sonrío al recordar que quería estudiar insectos de mayor, ser biólogo o algo parecido, ¿por qué había dejado aquello? Levanto el teléfono como en automático y sin pensar que eran las 5:15 AM, llamó a su hermana. Le habría gustado llamar a su madre, pero esta ya no estaba.
—Mas te vale que sea importante porque es demasiado temprano para que me llames— dijo Mirella notablemente enojada.
—¿Tan temprano y tan amargada hermanita? Pues si, es de suma importancia.
—A ver, ¿qué es eso tan urgente que no podías esperar a más tarde o enviarme un mensaje de texto?¿ Te estás muriendo por comer tanta chatarra?
—Pues no, mi salud está perfecta—mintió. a fin de cuentas aquello no era el asunto de aquella llamada y no le daría el gusto de darle la razón. Continuó: —¿Recuerdas mi álbum de insectos, el que tenía de niño?
Tuvo que esperar varios minutos a que Mirella dejara de reír y cuando por fin lo hizo escuchó que ella decía:
—¿A caso es la crisis de los 40, vas a volver a coleccionar bichos?— y continuo riendo.
—Solo quiero saber qué pasó con él. ¿No sabes si mamá lo conservó?
—Ella lo guardo algunos años, pero la humedad de la vieja casa lo destruyó. —su voz ahora era triste, quizá por la mención de su madre.
—Es una lastima. ¿Por qué habré dejado aquel hermoso pasatiempo? —lo había dicho más para él que para ella, por eso se sorprendió cuando ella respondió.
—La adolescencia. A las niñas les parecía asqueroso y tú no querías que ellas te vieran como el raro. —empezó a reír nuevamente.
Entonces lo recordó. Fue porque a Luz Marina, una niña de su clase que era muy linda, le había dado asco su álbum. Había estado detrás de ella desde esa época y por varios años, solo para descubrir que ella tenía más interés en otras niñas que en él. Se despidió de su hermana y se apresuró a marchar a su trabajo. Maldijo las hormonas y la adolescencia, maldijo sus malas decisiones y deseó haber estudiado, haber hecho algo más con su vida que ser un empleado más en aquel enorme supermercado que le estaba absorbiendo la vida, pero a sus 43 sentía que era demasiado viejo para empezar de nuevo.
Imágenes de mi propiedad. Tomadas con teléfono Redmi 9a.