La inmortalidad se cuece en el tintero
y se viste de insomnio,
de tu piel y la mía,
de corazón flechado
o de algunas heridas.
La inmortalidad se esconde en un capullo;
un capullo naciente que encierra una promesa,
en el dolor de un parto,
o en un brote silente que la vida renueva.