La noche del eclipse vio la silueta de su due帽o iluminado por los rojizos rayos de luna, lanz贸 ladridos crepitantes en el horizonte. Arawi lo tom贸 en sus brazos y le dio de beber. Mientras, abrillantaba la fortuna que hab铆a logrado recuperar. No era oro, era m谩s valioso.
En la madrugada Arawi cant贸 al viento, a sus otros t贸tems y a los ancestros, puso al cuello de Chiruki el collar de cuarzos rosas, blancos y grises. Hab铆a llegado la hora.
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