Ayer mientras revisaba mi post sobre el billar no pude dejar de recordar la escuela secundaria; esa que uno odia mientras esta obligado a asistir y añora cuando siendo más grande se da cuenta que fue la mejor etapa de su vida.
No se por qué mis padres eligieron esa escuela que era de los padres salesianos, probablemente porque quedaba a una cuadra de nuestro hogar y porque en esa época los colegios religiosos gozaban de un prestigio que hoy han perdido en una maraña de denuncias graves de acoso y mucho más. Algunas, por cierto, comprobadas.
Pero reconozco que a nosotros nos educaron bien, no solo lo digo yo, muchos ex compañeros de aquellos cursos dicen lo mismo y su forma de comportarse en la vida lo demuestran.
Recuerdo particularmente t con cariño a un par de sacerdotes y varios profesores, algunos de los cuales hoy siendo ancianos todavía vienen a los esporádicos encuentros.
Gracias al colegio visité los cinco años la provincia de Córdoba donde el cura Freites nos llevaba dos semanas cada verano, siempre y cuando nuestras notas y comportamiento hubiera sido ejemplar durante el ciclo escolar. De esa manera conocí el festival de Cosquin cuando aún era una plaza abierta.
Los años pasaron rápido y varios de mis ex compañeros se recibieron de contadores y fueron profesores en el mismo colegio, hablando con ellos me comentaban que ya no es como antes, la gente del barrio cambió, hubo nuevas oleadas de inmigrantes y los chicos son diferentes, ni mejores ni peores, distinto a lo que fuimos nosotros, más rebeldes, más inquietos, con menos apego a la autoridad. Son otros tiempos.
Me quedo un gran recuerdo y cada semana cuando visito a mi madre que continúa viviendo en el mismo lugar, no puedo evitar pasar por el antiguo colegio, la iglesia, los amigos y las calles de ese barrio querido.