Construida en una tranquila esquina barrial de un barrio cualquiera de la Capital Federal, la casa cumplió más de 90 años. En realidad la ubicación y probablemente los cimientos ya que el resto de la misma debió ser levantada en un par de oportunidades.
Es una bonita propiedad de estilo colonial de dos plantas, con techo de tejas rojas y un gran balcón redondeado. En su exterior los dueños han plantado algunos árboles y resalta una bella palmera.
Según cuentan varios antiguos habitantes de la zona, los primeros dueños fueron un matrimonio de polacos llegados a la Argentina en esa gran inmigración de europeos de principios del siglo XX. Tenían una pequeña hija que era la alegría de sus padres y también de los vecinos ya que su carácter abierto, alegre y optimista contagiaba a todos los que conocía.
Lejos estaban todos de imaginar la desgracia que ocurriría, la pequeña niña enfermo gravemente y al poco tiempo murió. Los padres, llenos de una inconmensurable tristeza vendieron la casa y se fueron con destino desconocido, nunca más nadie supo que fue de ellos.
Los nuevos compradores de la casa, una familia con dos hijos adolescentes vivieron muy bien durante algunos años hasta que un incendio la destruyó casi completamente. Sin embargo con gran esfuerzo la reconstruyeron y la dejaron casi como la original. Constantemente decían que el lugar respiraba optimismo y tranquilidad y que jamás pensaron en abandonarla pese a que las llamas la habían dejado devastada.
Años después los hijos se fueron de la casa, uno de ellos se mudó a Puerto Madryn y el matrimonio vendió la propiedad para también ellos trasladarse al sur y vivir cerca de los nietos. La casa permaneció un tiempo cerrada y un día fue tomada por indigentes, los propietarios hicieron todo tipo de denuncias y presentaciones judiciales hasta que luego de un par de años lograron sacar a los intrusos pero el daño en el interior era enorme; gente desaprensiva que al enterarse que debían dejar lo que habían tomado por la fuerza y sin razón, destruyeron todo lo que no pudieron llevarse.
Los dueños reconstruyeron la casa sin saber que era la segunda vez que la misma necesitaba grandes reparaciones, muchos vecinos pensaron que sería demolida y en su lugar construirían un enorme edificio como suele ocurrir por toda Buenos Aires con cada vez más frecuencia, pero se equivocaban, la casa fue reparada, pintada y habitada. Los dueños comentaban algo que ya otros habían mencionado, dentro de esa casa siempre se sintieron alegres y llenos de energía, como si un espíritu bondadoso y optimista contagiara unas buenas vibraciones.
Y así llegamos hasta estos días, la casa tiene nuevos propietarios, el hijo del último matrimonio que la habitó y que ya han fallecido, el hombre ha constituido su propia familia y tiene tres pequeños hijos que juegan en el patio y también en la vereda siempre ante la atenta mirada de sus padres.
Mi esposa ha hablado en varias oportunidades con ellos y cada vez que se les pregunta cuentan que la casa les trasmite alegría, optimismo y amor, han decidido quedarse allí mientras vivan.