Detesto un amor que llegue a exceder los niveles de dulzor, perdiendo así el amargo sabor de su dramática esencia y abofetee el paladar de este corazón que espera catar una mezcla equilibrada de experimentados sabores que han sido lastimados y desean ser escuchados.
Detesto un amor que se conforme y limite a solo imaginar la satisfacción. Un amor reprimido. Uno que no arriesgue ni vaya contra corriente. Ese que no sacrifica su poca paz y tranquilidad para llegar a degustar la gloria de unos labios imposibles y una voz lejana que alegran la vida.
No hay nada como beberse un amor caliente, espumoso, llano, frío o como lo hacen en el campo. Te hace ir más allá. Te motiva a arriesgarlo todo por un imposible que llenará tu vida en la eternidad.
No hay amor como ese que tú me das…