Iniciando en el mundo de Steemit, comenzaré a compartir escritos propios que andan bajo normativa CC, espero que sean de sus agrados pues suelo, de vez en cuando, subir partes nuevas de ellos. Supongo que actualizaría los más populares, pero aunque alguno no sea tan frecuentado, igual le dedicaré tiempo. Sin mucho más que comentar, espero les guste ésta primera parte de un escrito que está inspirado curiosamente en una aventura personal.
Y la mañana fría abrazaba aquel viento ruin que flotaba invisible por sobre la piel de ese errante caballero. Él vería, como no, al vacío de la ventana, dejando que ese cielo azul se notara sigiloso y calmo, pues, aunque el amanecer despertara tan templado como el hielo, la paz de aquel lugar se reflejaba incluso en sus nubes, la cuales se movían, tranquilas y blancas, cual barco de algodón que sencillamente flota ante el azul del cielo. Era una mañana desolada, de esas que aquel hombre acostumbraba a vivir, siempre alejado, siempre apartado de la mala costumbre que tenía de siempre arruinarlo todo, y aunque aquella sensación de soledad claramente no le incomodaba, ese día bien que se rompería la amalgama que tanto fingía tener.
—¿Te has despertado con el frío? —Diría una voz hermosa, débil y femenina, casi al tenue ruido de una charla sin eco que extrañamente se diluía en su curiosa forma de pronunciar las palabras, sobre todo aquellas que deslizaban la r, casi en timidez innata que solo daba advertencia a su apariencia. —si es así, me siento culpable de ello, no debí quitarte tu cama. —Continuaría hablando, aún sin mostrarse pues aquel hombre yacía a espalda a ella.
El escalofrío que recorrería por la espalda de aquel muchacho le avivaría sus movimientos, y en un súbito virar de cabeza, sus iris asombradas se postrarían en aquella fuente de habla. Entonces la vería, vería aquella joven delicada y delgada cuya piel blanca aparentaba ser tan suave como las mismas nubes que hacía segundos miraba. En primera instancia sus ojos se perderían en los de ella, pues había algo muy radical en su rostro que le haría perderse en detallarlo. Mudo vería el contorno de la mandíbula, vería las mejillas resaltantes, la nariz en juego de venus y aquellos ojos hermosos que brillaban cual felinos por sobre marcas oscuras, todo recubierto por aquel cabello un tanto corto y negro que bien pudo haber sido más largo y describiría la perfección, mas no era así, ella era real, no una muñeca esculpida. Entonces tragaría saliva algo nervioso, aun manteniendo su mirada de ojos oscuros ante los claros de ella, y aunque su boca no formulara las miles de preguntas que su mente generaba, tras un ligero mormullo que divagaría su mirada por vergüenza, bien que suspiraría para calmarse.
—¿Quién eres? —Le diría el varón, pronunciando lo único que sus pensamientos dejaron escapar.
—¿Estás bromeando?, no es buena manera de iniciar un día, mintiendo —Respondería la mujer.
La mirada de ambos volvería a chocar en un juego de realidades, y aunque el caballero demostrara honestidad en lo que decía, aquella dama alzaría su ceja delineada en una propuesta retadora por sobre la credibilidad de los hechos.
—No, no bromeo, ¿quién eres?, ¿qué haces en mi casa? —Continuaría diciendo el caballero, y aunque su parpadear fuera más sorprendido que temeroso, por primera vez en aquel momento se detendría para ver un poco más que ese rostro. Los ojos del chico eran un tanto rasgados, tan oscuro como su cabello y bien adornados por esas cejas gruesas que le impedían ocultar emociones, y aunque ahora en ese momento bien que delataba confusión tras su fruncir de ceño, sus iris se desviaban y contorneaban el cuerpo de su acompañante. No estaban muy lejos, capaz un par de pasos pues él andaba sentado al borde de una mesa que daba a la ventana del piso superior, y ella, sigilosa, poco a poco había caminado hasta posarse en el marco de la puerta de aquella habitación. Estaba vestida únicamente por una camisa alargada que se veía de caballero, obviamente hurtada del guardarropa del muchacho, y aquel short que, aunque no fuera largo, igual se notaba que provenía del mismo origen. Su cabello era lacio, es verdad, pero se ondulaba ligeramente como si alguien le enrollara en su dedo y le jalara, sostenido hasta un poco más de los hombros para así mostrarla bella, incluso estando recién despertada.
—Muy gracioso, ya deja tu juego —Respondería ahora con un tono un tanto más seco, incluso cruel, pues daría un par de pasos que ahora le acercarían al varón, el cual, aún intrigado, se exaltaba para atrás tan confundido como... ¿nervioso?, sí, eso aparentaba, pues de la silla se levantaría para así postrarse de pie, al lado de ella, cerca pues así habían terminado en aquel juego de desconocidos y recuerdos.
—N..No estoy jugando, lo digo en serio —Alzaría un poco la voz aquel muchacho de cabellera negra, y mostrándose serio, le vería a los ojos, intentando demostrar que había seguridad en sus palabras, aunque algo ocurría... Algo extraño había pasado, pues aquellas iris fijas y oscuras se desviarían, siguiendo lo que era un simple lunar en la mejilla, y entre el juego de seguir otros consecutivos, ya la vista del chico se postraría desde el cuello hasta más allá... Mirando, embelesado por aquel camino de puntos oscuros que lo perdía como en un mar de estrellas.
—Tienes muchos lunares —Explicaría cambiando de tema, siempre de la nada, incluso tomando por sorpresa a la mujer que apenada y ligeramente sonrojada, taparía con sus manos aquel rastro que se le dejaba ver por entre la clavícula y el corte de caballero que poseía aquella camisa prestada.
— ¿Qué tiene que tenga lunares? —Le respondería ahora con su mirada molesta, incapaz de ocultar su ligero sonrojo debido a la palidez de su piel.
— Que se ven hermosos, siempre me han gustado, son como estrellas que me encantaría contar una por una, para así, darme cuenta que son infinitas.
Y de la nada ambos callarían, pues el silencio de aquella sala se mezclaría por el frío traidor que les rodeaba. Él callaba porque sentía que había hablado más de la cuenta, dejándose llevar por aquella alma de poeta que siempre le apenaba y le dejaba mal parado ante las mujeres. Ella se silenciaba por la vergüenza que era incapaz de ocultar, pues su piel blanca se había apenado al saber que de ella hablaban, y aunque alguna vez sintió como imperfección aquellos puntos oscuros, por alguna razón sentía bien que él viera una virtud en lo que ella misma había alguna vez considerado como imperfección.
—Si hubieras empezado con eso, no me habría molestado un poco, ¿por qué bromeas con conocerme si sabes que no me gusta sentirme ignorada? —Le explicaría la mujer, sentándose en el borde de la mesa, buscando que aquel chico se relajara más de la cuenta.
—Discúlpame... Pero no bromeo, de verdad no sé quién eres —Respondería, esta vez mostrando realidad en la forma en que la veía. Ella le correspondería la mirada y por alguna razón que se negaba a creer, su mente misma se hacía la pregunta de si él verdaderamente no sabía quién era ella.
—Damian, ¿en verdad no me recuerdas? —Acotaría la mujer, llamándola por su nombre tras aquel fruncir de ceño que le hacía ver encantadora pero firme, casi como una belleza inglesa de aquellas que demostraban valor y a la vez, frialdad.
—No, de verdad que no, no me olvidaría el nombre de alguien tan hermosa, lo considero imposible, y más extraño aún es que sepas mi nombre— Respondería, sorprendido por ver como ella le llamaba
—Pues tú mismo te mientes entonces, pues nosotros nos conocemos. Es increíble que olvidaras la noche de ayer, me duele que lo hayas hecho... ¿Acaso solo fue un momento vacío?, ¿acaso estabas drogado o algo por el estilo? Supuse que estabas algo ebrio, era una fiesta, es normal, pero no para tanto— Y tras decir aquello callaría desalentada.
Por alguna razón, la mirada desilusionada de aquella mujer le rasgaba el corazón al joven, quien incrédulo de lo que pasaba, intentaba recordar el día anterior, aspirando recordar algo: el cómo se vistió, el cómo durmió, lo que hizo o quien estuvo. Intentaría recordar desde el momento en que despertó, y lo logró, pero indagando mejor volvería a entrar en cuenta que ese era un recuerdo de un par de días atrás... Había algo en él que le había hecho olvidar aquel día, y aunque luchara consigo mismo por asimilar algo, para él, esa mañana y dos días antes, habían sido lo único que había vivido esa semana.
—Discúlpame... Pero no solo no te recuerdo a ti, no recuerdo nada de ayer— Aclararía el muchacho, alejándose de la hermosa para así sumergirse en aquella pelea fallida de recobrar sus memorias. Parpadearía un par de veces, dándole la espalda a la mujer, tan alterado como alguien que ha despertado de un coma, y aunque su fuerza de voluntad le llevara a intentar relajarse, caminaría hasta el borde de la ventana para así buscar aire, respirando profundamente en un vaivén de inhalaciones y exhalaciones que se notaban un tanto exageradas. << Debes calmarte, ¿qué pensará ella de ti? >> Se diría en su mente aquel joven, regañándose a sí mismo para buscar la serenidad, y tomando una tajada profunda de aire, cerraría sus ojos para así lograr relajarse. Se voltearía entonces, ya más tranquilo, y aunque en su interior aún existiera el conflicto de realidades que le mantenía algo tenso, claramente se calmaría por completo al ver a la mujer ahí sentada en la mesa, sin ver mucho más que a su acompañante, siempre tranquila en esa esencia tímida y callada que la hacía ver delicada e inmutable.
—¿Ocurre algo?, ¿te sientes bien? — Le diría la mujer quien comenzaba a creer lo que aquel joven le decía, pero sorprendida, vería ahora como el muchacho la miraba fijo y pálido, casi asustado. —¿Tengo algo? — Acotaría
—Lo que sentía antes ya no es nada a lo que siento ahora— Respondería, a voz baja
—¿Y que sientes ahora?, pues solo me vez como asustado—
—Siento ganas de dibujarte, así como estás en ese momento—
El silencio un tanto incómodo volvería a soplar tras aquellas últimas palabras, y aunque él quiso volver a romper aquel hielo que él mismo había creado, sencillamente no pudo, pues sus palabras no saldrían ya que nada pensaba, solo sabía que había vuelto a decir cosas que debió pensar mejor.
—Pues hazlo, dibújame, sé que no soy tan bonita como para ello, pero si quieres hacerlo, puedes— Explicaría la mujer, temerosa de su figura delicada, que ciertamente no resaltaba proporciones grandes, pero si bien marcadas, capaz en lo necesario para complementar aquella belleza de feminidad que mantenía su contextura.
—No puedo, no sé dibujar, lo he intentado y nada puedo. He tomado lecciones y, aun así, no me sale, pierdo el hilo por más detalles tenga de aquello en mi mente—
En ese preciso momento la mujer entrecerraría los ojos, y ahora, decida, bien que llevaría su mano a su mentón, acostando la misma en ella para así verse pensativa. —Entonces al parecer es verdad— Diría
—¿Qué cosa? — Respondería el muchacho intrigado.
—Eso de que no recuerdas nada de ayer, pues esas mismas palabras las dijiste cuando hablábamos de nosotros, incluso colocaste esa misma cara de tragedia que aparentara demostrar dolor... Vamos, es solo dibujar, ¿qué tan importante era?— La crueldad de la mujer se mofaría sin pudor alguno del caballero, y aunque él pudiera sentirse ofendido, ligeramente sonreiría pues sabía apreciar la ironía en las palabras de la dama, quien le veía maliciosamente, sonriendo de soslayo ante esa jugada que al parecer le había funcionado en un pasado... Sí, ella revivía lo que había hecho aquella noche, pero ahora, bien conociendo las respuestas del joven, claramente tenía un punto a su favor para siempre salir victoriosa. Entonces se bajaría de la mesa, y acercándose a Damian intentaría verse coqueta al caminar.
—Es una lástima que no te acuerdes de lo de anoche... Si tan bien que la pasamos, y según me dijiste, tan bien que la pasaste— Diría la muchacha sonriendo con malicia, disfrutando de aquella incapacidad de recordar que claramente chocaría en la mente naturalmente curiosa del caballero. Ella era una mujer muy Lista, de eso no hay duda, y bien que recordaba hasta detalles pequeños que el hombre le había dado a conocer sobre su persona, entonces aprovechando aquello, daría inicio a su jugada de torturas, pues si él no recordaba lo que habían vivido, bien que ella se lo recordaría... Claro, pagando un precio de tortura por ello.
—¿A qué... a qué te refieres? — Respondería un tanto intimidado, pues, a decir verdad, aquella mujer estaba vestida con su ropa, y más que eso, al parecer despertaba en su casa al día siguiente.
—Pues a ver... ¿por dónde empezar? — Aclararía la mujer, y aunque por poco iba a ser interrumpida por el caballero con un simple "Lo que hicimos anoche", la mano de la fémina le callaría para evitar que este hablara. —¿Qué tal por mi nombre?... Sí, me parece adecuado. Fue curioso, nos conocimos en esa fiesta de la facultad, yo había ido casi obligada por un par de amigas y tras la noche un tanto agitada, volteé al sentir el peso de tu mirada.
—¿Te miraba? — Interrumpió amable
—Pues claro, me mirabas, así como me ves ahora, así como me viste cuando llegue. Suspendido sin decirme nada, solo viéndome
—Me imagino que eso te pareció diferente— Aclararía un tanto confiado
—Para nada, me dio miedo, pues la primera vez te ignoré, pero de vez en cuando volteaba sin querer y ahí estabas, detallándome, como si esperaras algo, como si me estuvieras lanzando una maldición. Yo a lo personal lo vi raro, por ende, te ignoré, incluso cuando me decían que veías
—Vamos, no seas tan cruel, ¿solo eso pensaste?
—Pues claro... ¿qué más voy a pensar? Eres un chico normal, flaco, sin muchas cosas diferentes a las de tus amigos... Claro, salvo tu mirada pesada, ¿acaso te burlabas o algo así?, no lo sé. El punto es que me sentía incomoda, no estaba totalmente decente y las ojeras no podía esconderlas—
—Vaya, que cruel eres— Suspiraría un tanto desalentado
—En tu defensa, me gustó la camisa que llevabas, esa del zombi, además que varias veces estuvimos cerca, y curiosamente lanzaste chistes que me gustaron mucho, supongo que eres gracioso— Diría la mujer, haciendo un gesto de poca importancia que se perdería tras su risa difícil de esconder, llevándose incluso su mano para tapar la dentadura. —Pero bueno, todo fue normal al cabo de las horas, y cuando todos se comenzaban a ir, y el grupo se veía más reducido, los juegos aparecieron y pues al final nos hablamos. No sé cómo, pues una cosa llevó a la otra y al final como que te cansaste de mirarme y te acercaste a hablarme— Bajaría la mirada apenada —Yo no quería hablarte, para serte sincero, eras el chico raro que me había visto toda la noche, pero hiciste un guiño de ojo que al final me agradó, y con tu falsa gallardía y tus aires fallidos de ser un caballero...— Intentaría continuar detenida solamente por el muchacho—
—Oye, no es falso, de verdad lo intentó— Interrumpiría tranquilamente
—Pues si me permitieras continuar, "señor cortes", entenderías que es una falta de educación el interrumpir a una dama mientras habla— Explicaría la mujer, y al ver que el joven callaría con una subida de sus ojos, ella volvería a sentirse victoriosa. —Entonces verás, tú con tu falsa gallardía y tus aires fallidos de ser un caballero, bien que te presentaste, elegante, hasta dijiste tu nombre completo: "Damián Cioran, es un placer", me acuerdo mencionaste, y yo casi me río por lo inusual de que un chico de nuestra edad, y de este tiempo, se atreviera a presentarse así. La verdad, acá entre nosotros, pensé que estabas ebrio, pues de por si hablas rápido y poco se te entiende.
—En mi defensa, intento pensar todo lo que digo
—Si, es verdad, pero no dices todo lo que piensa, y por alguna razón, eso que piensas que debes decir, claramente no era lo adecuado. Pero bueno, sonreí y te dije mi nombre. — Terminaría de decir la mujer para así callar, a la espera de algo.
Los segundos pasarían a un paso tan lento que aparentaron ser minutos enteros, y mirándola fijamente, el muchacho le haría una mueca de impaciencia, abriendo los ojos y presionando los labios.
—¿Qué esperas? — Diría Damián, suspirando cansado
—¿Qué espero de qué? — Respondería la mujer, sonriendo poderosa pues ella entendía lo que él le pedía.
—Tu nombre, ¿qué nombre me dijiste?
La carcajada de victoria de la mujer hubiera sonado engreída si no fuera por la delicadez innata que ella poseía. Sus rasgos pequeños la harían reír a lo bajo, casi en silencio pues ella ocultaba su sonrisa con la palma de su mano, y aunque quiso mantenerse seria, le sería imposible pues veía la cara cansada del muchacho de quien se burlaba.
—Liz, te dije que me llamaba Liz, y al parecer te gustó, pues sonreíste cuando lo escuchaste.
—Pues sí, es un nombre que encaja contigo, no es común
—Pero tampoco real
—¿entonces no es ese tu nombre?
—¿Acaso importa?, mejor no sigamos hablando de eso.
La mujer se alejaría del muchacho, caminando tras el mover sus piernas que claramente eran contempladas por el muchacho, pues él la detallaba, detallaba como sus piernas aparentaban ser perfectas, esculpidas, para nada anchas, pero si firme en esa forma de estatua que él había estudiado al ver arte. Entonces él la seguiría pues la inercia del momento así lo ameritaba, y al notar que la mujer se alejaba en búsqueda de partir, la tomaría de la mano, impidiendo que aquella se marchara, dejando que aquel contacto realzara un intercambio de temperatura que aparentara ser mágico. —No te vayas— Le diría sincero, buscando verla a los ojos que tanto ella evadía —Cuéntame que más pasó, Liz, aún tengo duda.
—¿En verdad quieres que me quede?, después de todo, no te acuerdas de mi— Explicaría la mujer, aún sin verlo, siempre escondiendo la mirada para así no mostrar sus sentimientos reales que claramente no podía ocultar
—Podré no recordarte, pero algo en mi me dice que, si no te conozco, tarde o temprano te iba a conocer, así que sí, quiero que te quedes, quiero que me cuentes lo que pasó la noche pasada— Explicaría el joven, y al notar que la mano de la mujer ya no oponía fuerza, la soltaría y notaría como ella le miraría, ligeramente sonrojada y sonriente.
—Estuvimos en la fiesta hasta la madrugada, y te ofreciste a llevarme, cosa que acepté pues la amiga con quien había ido se había perdido entre besos y un cuarto, y en la vía, tenías esa absurda playlist de tu celular que rebosaba de todo... Desde Queen, hasta Arjona, y no entendía como alguien que cantara "Despacito", bien que se detuviera solo a escuchar "Let her go". He de admitir que me sorprendió que un chico (que no fuera gay), tuviera Passenger en su celular. — Diría riendo, alzando su ceja para así transmitir mil y un palabras complicadas.
—Pues a mi defensa, he sufrido por amor, y a la vez, he cometido errores, supongo que esa canción es un recordatorio de ello.
—Supongo igual, pero salvo a eso, fuimos a una plaza. Te he confesar que estuve un poco asustada, pero cuando saliste del carro y te sentaste en aquella banca que daba al borde, supuse que me estabas invitando a sentarme contigo. Lo hice, la verdad, y tenía tiempo que no veía un lugar tan hermoso, supongo que me ganaste con eso— Suspiraría ella al final, divagando su mirada a un lado al notar que aquel muchacho se postraba con su sonrisa un tanto grande y cómica.
—¿Y luego? — Preguntaría curioso
—Pues luego llovió, y corriendo al carro, se te cayeron las llaves... De verdad que eres más torpe de lo que aparentas, pero bueno, te imaginarás lo que pasamos en ese rato.
En ese instante el muchacho suspiraría por las palabras de la mujer que buscaban molestarle, pero él, consciente de lo que era, y al tanto de que aquello ya antes le había pasado, no le quedaría más que aceptar aquel reproche.
—Vaya... Me disculpo, creo que nos mojamos entonces
—La verdad sí, pero bueno, ya era de madrugada y te ofreciste a darme ropa seca para así enmendarte. Lo sé, soy un tanto ilusa, pero tu promesa de solo ir por ropa me pareció asombrosamente creíble.
—Conociéndome, no era mentira
—No... Curiosamente no era mentira. Estuvimos hablando toda la noche, me contaste diversos miedos que no sabía que tenías.
—¿Cómo cuáles? — Preguntó curioso, arrugando sus labios
—Que le temes más al fracaso en la vida, que al perder la vida misma.
—Oh si... eso, sé que suena ilógico...
—¡No!, para nada, no es ilógico, yo igual lo siento. A veces esperamos tanto de nosotros, que hasta diseñamos un patrón en nuestras vidas, y tememos el no cumplirlos por la simple idea de no ser felices.
—Te entiendo... Lo peor es que a veces eres parámetros de vida nos los deseamos, sencillamente existen porque otros así nos han presionado a creerlos. Yo quería ser escritor, aún quiero, pero mi padre me ha llevado a la ingeniería, y acá me ves, disfrutando una vida lejos de la poesía.
—Lo sé... Eso y muchas cosas más hablamos ese día. Yo también te conté cosas mías, pero bueno, ya luego te las diré.
—¿Y por qué no ahora?
—Porque si te cuento ahora, no te contaré la historia sobre ayer.
La mueca de la muchacha claramente retaba al joven a contradecirla, pero por alguna razón, incluso cuando él se considerara así mismo como valiente, claramente ese día creía que ella mandaba... es más, no lo creía, él entendía que ella en ese momento era quien ordenaba. Sin protestar, haría un gesto de falta de importancia al subir sus hombros, y tras su gesto con la mano, pediría a la mujer que prosiguiera.
—Al llegar a tu casa pasamos, me sorprendió lo fría que era, y, aun así, me sorprendió más ese sabor a soledad que se podría saborear. Te perdiste unos segundos mientras mi ropa mojada me mataba, y al aparecer, jamás pude agradecer tantos colores en un short, y aquella camisa Vinotinto que me prestaste para cambiarme. Siéndote sincera, creí que me espiabas al cambiarme, pero no era así, lo sé porque me asomé un par de veces.
—Menos mal no me faltó la cordura esa noche, entonces, y mantuve mi dignidad de caballero
—¿Menos mal?, ¿a qué te refieres?
—Pues si te soy sincero, me conozco y sé que la tentación hubiera sido inmensa.
—Menos mal no fuiste así, aunque me halaga el saber que me consideras atractiva
—Más que atractiva, te considero hermosa, tu mirada perdida y esa esencia de cuervo que tienes, claramente es absorbente.
—¿Esencia de cuervo?... sabes, eso no es nada bonito. Es más, es de los peores cumplidos que puedes hacerle a una dama
El muchacho bajaría la mirada y se rascaría la cabeza, pues por alguna razón entendía que eso que intentó decir, claramente le había salido mal. Respiraría profundamente y tocaría con sus dedos la madera de la mesa. —Tu esencia es delicada, es verdad, pero a la vez oscura. Eres el tipo de belleza un tanto sombría que bien demostraría cualquier rosa con espinas... A eso me refiero—
—Buen ajuste, supongo, pero está bien, me lo creeré — Explicaría para sonreír nuevamente, casi contenta por lo que había recibido, un halago digno de Edgar Alan Poe.
Entonces la Liz se acercaría al muchacho, tornándose para así verlo, separándose solo por unos centímetros de él, y debido a sus estaturas similares, de su boca. Se verían, él incluso más nervioso que ella, y antes de que Damián pudiera explicar algo, la chica lo callaría con su habla.
—Después aparecí ante ti, ya seca y cambiada, y me acerqué justo como hice ahora... Me acerqué esperando a ver qué pasaba, y cuando nuestros labios se acercaron, te atreviste a robarme el beso que yo tanto esperaba que me robaras.
—¿Sigue siendo un robo si deseas que lo hurten?
—Sí, lo sigue siendo, pues tomaste algo que no es tuyo, algo que jamás podría ser tuyo, y al parecer lo entendiste, pues tras aquel largo beso, nos separamos y nos dormimos en cuartos diferentes. Tú me diste tu habitación, y por lo visto, dormiste en el sofá.
—Entonces ayer hice dos errores que jamás podría reparar.
—¿Sí?, ¿Cuáles?
—El olvidarte, por su puesto, y el dejarte dormir sola ese día.
En ese mismo instante ambos se acercarían al punto de roce, invadiendo los labios del otro en un vaivén de mordisqueos que entrelazarían la carne. Ella delicada, dejando que aquel ser se apoderara de su boca y jugara con la misma, mientras que él, temeroso de mancharla, claramente la cuidaría. Durarían segundos que aparentarían ser eternos, y cuando el beso aparentaba arrancarles el aliento a ambos, las luces se apagarían, y todo aquel lugar quedaría a oscuras, incluso sin importar que fuera de mañana. La sombra absoluta tragaría la figura de aquel par de amantes, y cuando el brillo aparentaba volver, ya nada habría, pues aquel chico despertaría en un súbito suspirar, temblante. —¿Qué ha pasado? — Diría confundido, sudando, y levantándose de la cama en donde había aparecido acostado, se apuraría para ir a la sala y buscar aquello que sentía que le habían arrebatado. —¡Liz!, ¡¿Dónde estás?!— Repetiría en gritos, buscando por toda la casa para así darse cuenta que nada había, solo estaba él, sin aquella mujer que le había hecho sonreír, aunque sea en un sueño.