Hola querida comunidad hoy les traigo una historia de ficción que se me ocurrió durante un viaje por la carretera, de esos que realizo a menudo.
El motor del viejo todoterreno se apagó con un suspiro metálico. Mateo se quedó unos segundos dentro del vehículo, con las manos aún aferradas al volante, mirando a través del parabrisas. El asfalto de la carretera brillaba, húmedo y oscuro, como si alguien hubiera derramado un manto de cristal líquido sobre él. Al frente, el camino de tierra roja se abría paso como una cicatriz cálida en medio del verde.
Había dejado la ciudad a las cinco de la mañana, huyendo del ruido, de las pantallas y del zumbido constante de la ansiedad. No fue hasta que bajó del coche y sus pies tocaron el borde del pavimento mojado que sintió que, por fin, podía respirar.
Y entonces llegó el golpe.
No fue un sonido, ni una imagen. Fue un aroma. Ese olor inconfundible, denso y primitivo, que la tierra exhala cuando se siente saciada. Petricor, le habían dicho una vez en un documental. La mezcla perfecta de las bacterias del suelo y los aceites de las plantas. Pero para Mateo, no tenía nada de científico. Era simplemente el olor de su infancia.
Cerró los ojos y llenó sus pulmones hasta el tope. Era un maridaje perfecto: la tierra roja, rica en hierro, mezclada con el aroma dulce de la maleza recién golpeada por las gotas, el verde vibrante de los cultivos y el aire frío que bajaba de los cerros al fondo. Era el olor de la vida abriéndose paso después de la tormenta.
Cruzó el borde del asfalto y pisó el sendero de barro. Sus botas se hundieron ligeramente, dejando una huella profunda junto a los charcos que reflejaban el cielo encapotado. A ambos lados del camino, los postes de madera rústica, ya viejos y agrietados, sostenidos por alambres tensos, parecían soldados cansados custodiando la entrada a un mundo secreto.
Mateo caminó unos metros por el sendero, esquivando el gran charco de barro en el centro, y se detuvo. Se quitó la corbata, que llevaba colgando como una soga desde que salió de la oficina, y se la guardó en el bolsillo. El aire olía a humedad, a tierra fértil, a promesas de cosecha.
Recordó las palabras de su abuelo: "Mijo, cuando la lluvia moja la tierra colorada, no hay perfume en el mundo que se le compare. Es la naturaleza agradeciéndonos por cuidarla, o tal vez, recordándonos que nosotros somos los que dependemos de ella".
Mateo sonrió, sintiendo cómo el nudo en su pecho se deshacía con cada exhalación. La ciudad seguía a tres horas de distancia, con sus prisas y sus ruidos, pero en ese instante, en medio de ese camino embarrado y bajo ese cielo gris, todo eso no existía. Solo estaba él, la tierra húmeda, y ese maridaje de olores silvestres que la naturaleza, en su infinita generosidad, regala a quienes se atreven a detenerse a oler.
Metió la mano en el bolsillo, sacó su teléfono y, por primera vez en semanas, lo apagó por completo. Tenía todo un fin de semana para caminar por ese barro rojo, ensuciarse las botas y, sobre todo, para agradecer.
La fotografía fueron tomadas con mi teléfono 📲 móvil Redmi 12C.
Gonzalo GR