Ya pegado y estático el papel, procedo a cubrir con la mezcla para llevarla al horno, tenía tanta emoción que me repetía una y otra vez: ¡!mi torta queda genial!!. Enciendo el horno a 500 grados para calentar, luego lo bajo a 180 grados, ya que no he aprendido a cabalidad como controlar la intensidad del mismo. Pongo mi temporizador a 35 minutos, con temor a destapar, observo por la puerta y veo que está esponjando como es mi deseo; pasan los 35 minutos y aun cruda,,, 10 minutos más y sigue cruda, ya luego de destapar por 2 oportunidades el horno, comienza a bajarse….Entro en pánico, 20 minutos más, consumo gas. ¿Qué hago? Ya lleva en él horno 1 hora y media. Se rompe desde el centro, finalmente decido sacarla del horno. Y ahí está mi emoción y deseos de lograr una torta muy esponjosa y alta. ¡Un fracaso total!.
Dejo enfriar y la corto en capas. Sorpresaaaaa!!!!!! cruda. Me quiero morir. Tenía varios encargos del pastel promocionado en mis redes como “Torta de Vainilla con doble capa de crema pastelera”. ¿Pensé ahora qué hago?. Y me dije: ¡Mi misma, no puedes hacer nada! Discúlpate con tus clientes, salva lo que puedas, inventate algo y ofrece, no salió bien esta vez, pero ya sabes cuales fueron los errores ahora y seguir la práctica!!!!
Quiero destacar de esta moraleja: no todos los días serán buenos, no todos los días lo que hacemos así sea de rutina nos saldrá bien, está bien si te desanimas, si lloras, si zapateas, lo importante es que luego de ese episodio, tomes vuelo como el ave fénix, y seguir en la búsqueda de lo que nos hace sentir bien, pero sin olvidar la enseñanza de ese anécdota que por unos momentos nos quebró el espíritu.