El sol se retira tras el horizonte de cristal y acero, tiñendo mi consultorio de un ámbar que parece sagrado. Aquí, donde el aroma a papel nuevo se mezcla con el silencio de la introspección, me encuentro en la intersección de dos reinos. Soy psicóloga y soy cristiana; mis herramientas son la neurociencia y la gracia, la hermenéutica y la terapia cognitiva. A mis veinticinco años, entiendo que la mente no es un laberinto para perderse, sino un templo en constante remodelación donde el Logos susurra verdades que la ciencia apenas comienza a codificar en neurotransmisores.