El Amor tocó a mi puerta, conversamos largamente y entre dudas y miedo decidí seguirle. La ilusión y la alegría se solapaban entre apuros y desaires, pero avancé.
Caminé creyendo y confiando, abandoné varios sueños y construí otros, mejores, sí, más convincentes, sí, más plenos y puros que esos que al principio me cobijaron.
Hubo tardes donde no se ocultaba el sol, hubo noches donde la luna no hacía acto de presencia, porque mis días eran eternos. No me cansaba, ni fatiga alguna me dominaba. Él me lo dijo y le juzgué sabio.
Otro día fueron muchas las lágrimas en mis ojos, el corazón partido me hacía sufrir, mis plegarias eran himnos, cuál sacerdote en el altar, cuál ave al despuntar la mañana, viviéndolo traspasé las fronteras, esa que el tiempo pone y la vida pinta.
Fue así como aprendí de él, comprendiendo que amar no es el trago que me embriaga, sino la copa que me nutre.
Él toca a mi puerta y cada mañana camino en él.
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