El celador

Words
217
Reading
1 min
Listen
Play
9M

—Bella dama, ¿qué hace usted ahí? —preguntó él, clavando el haz de su linterna en la penumbra.

La mujer sonrió.

Bajo aquella luz gris y violeta, su rostro reveló ojos sin brillo; una dentadura que relucía con un brillo mineral y la piel, grisácea y tirante. El cabello largo y sedoso, la ropa fundida entre polvo y las uñas pintadas de negro.

—Descansando —siseó—. O al menos, eso intento.

El celador acercó un taburete de madera, lo puso junto a ella y se sentó con la lentitud de quien visita a una vieja amiga. El silencio se espesó, solo perturbado por el chisporroteo agónico de las velas al fondo.

—Es necesario —susurró el hombre—. Acomódese mejor; el frío de la piedra no sabe de treguas.

No hubo respuesta.

Entre las sombras y el resplandor vacilante, la mujer se incorporó con una lentitud líquida, casi obscena.

Se arrastró hacia el sarcófago y se filtró por una hendidura de la pesada tapa con un crujido de cartílagos secos que retumbó en la cripta.

Antes de desaparecer por completo, su voz emergió desde el mármol:

—No rece el Padre Nuestro. Solo el Ave María.

Y el celador, con una sonrisa de devoción, se santiguó.

[**](https://www.pexels.com/es-es/foto/cementerio-bajo-el-cielo-nublado-674732/)




CRÉDITOS Banner elaborado en PSD con fotos propias y logo de IAFO Logos redes sociales

El celador | Ecency