Ublek estaba arrodillado a orillas del mar sin olas. Miraba a lo lejos con los ojos entrecerrados, buscando inútilmente en el horizonte la silueta de su hermano y los demás, pero ellos habían partido la noche anterior y ahora estaban demasiado lejos. Se inclinó sobre su reflejo distorsionado, metió la mano como si se tratase de un cucharón y se la llevó a la boca. Bebió de su reflejo como con seguridad lo habían hecho su hermano y los demás, como lo habían hecho cincuenta generaciones antes de ellos.
Ahora mi espíritu habita en mi cuerpo.
Se levantó, fue hacia los árboles altos y comenzó a estirarse. Danzaba al ritmo del silencio y su canción ancestral, mientras cada músculo y ligamento de su cuerpo entraba en calor. Su anatomía estaba bien preparada para la tarea que tenía que realizar, sus piernas eran largas y fibrosas, su pecho doblaba su tamaño con cada inspiración. Su cuerpo estaba preparado, pero su mente era un laberinto imposible.
Pensaba en el vacío que dejó en el lecho que había estado compartiendo. Allí lo encontró su hermano la mañana del día anterior, había disimulado su disgusto ante aquella excentricidad, aquel emparejamiento excesivamente prolongado. El apego era innecesario, una noche o dos bastaban para dejar la semilla de una nueva generación bien plantada.
Ublek la luna llena brillará sobre el Domusar.
Aquellas palabras de su hermano debían conjurarlo con su destino, esa noche debían partir, pero su indecisión se hizo demasiado pesada. Se quedó atrás, tratando de borrar lo que estaba escrito en su sangre, toda la noche lo atormentaron pesadillas en las que tropezaba y se reventaba como una vasija de barro cocido. Al otro lado del Domusar, el mar sin olas, estaba la tierra de los hombres completos, la tierra de sus antepasados. Su espíritu lo reclamaba con fuerza y le reprochaba el error cometido.
Sólo la duda pesa sobre el Domusar.
Por dos días debía correr con ímpetu irreductible, hasta ver aparecer una nueva orilla, donde lo estarían esperando los que partieron antes de él, comenzaría a vivir como un hombre completo y su espíritu no volvería a abandonarlo. Pero en el fondo de su mente seguía hormigueando aquella sensación de plenitud que había experimentado con la calidez del emparejamiento, se preguntaba cuántos hijos nacerían de aquella unión, se preguntaba si sería olvidado pronto. Quizás debió luchar contra sus pesadillas y aferrarse a aquel abrazo, vivir en el tabú, lejos de las arbitrariedades del destino.
Sólo la duda pesa sobre el Domusar.
Aquellos pensamientos siguieron inflamándose en su cabeza, empezó a creer que podía recorrer una ruta circular y regresar. El miedo y el arrepentimiento hicieron torpe su respiración, sus pisadas se volvieron inseguras. Entonces tropezó, cayó sobre una superficie dura que se hizo blanda casi de inmediato y comenzó a tragárselo. No luchó, no intentó mantenerse a flote, por fin la duda había desaparecido, pero ya era demasiado tarde.