No importa el lugar al que te muevas ni cuánto huyas si de lo que quieres escapar se queda contigo en el corazón y perfora tu mente sin importar las horas o los segundos transcurridos. Se instala en ti para no salir. Divagas entre la resignación y el huir como única opción cuando no tienes nada para construir, para seguir. Cuando la soledad nubla tu mente, nubla la luz que entra desde la ventana, cualquier ventana en la que te encuentres. Cuando la soledad entumece tus piernas y levantarte es una faena infinita que resulta cíclica entre ir al baño, buscar agua y volver a la cama. Ciclos que van y vienen entre huir o resignarme. Huir de algo que siempre me acompaña o resignarme a recordar todos los días con cada nimiedad que se atraviesa en el camino.
—FIN—
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