Ante el vértigo de la realización de que a nadie más, claramente, le interesa tu historia,
ante la horripilante verdad de que apenas se nota tu presencia,
ante el hecho triste de que tus pistas resultan insignificantes
y apocadas por la montaña de proyectos y preocupaciones del prójimo,
parecería que no queda más que rendirse, cual convicto arrodillado,
aceptando. Su. Destino.
Tolerando, más bien, su destino, como si fuera inamovible.
Sin embargo, no lo es. Que sea natural no lo hace parte de nuestra naturaleza.
Este no es nuestro destino.
Necesitamos aprender a gritar, y sentir orgullo del temblar en nuestra garganta.
Porque aunque nuestras pistas pasan desapercibidas, aún tenemos humanidad,
y nuestros gritos, si hechos sinceramente, la despertarán.
No gritamos porque nos sentimos ilegítimos,
porque no nos sentimos merecedores de nuestra agonía.
La próxima vez que sintamos dolor, debemos recordar que
todos, hasta el prójimo, sienten dolor. Y si la vida se siente épica y trágica,
es muy probablemente porque lo es. No aceptemos, no toleremos,
nuestro así apodado "destino". Aprendamos a gritar más fuerte, darle la espalda al convicto
que tolera su suerte, y odiarnos menos.
Kneeling Convict, Ladislav Mednyánsky, Galería Nacional Eslovaca, óleo en lienzo.
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