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Los espasmos eran cada vez más intensos y arqueada intentaba jadear lo menos posible para evitar expulsar a boca llena esas larvas gelatinosas y blancas.
Estaba aterrorizada, arrepentida. Sentía millones de agujas que s ele clavaban en el cerebro y el polvo ya no podía salir de su nariz.
Trataba de aferrarse con todas su fuerzas a la realidad cotidiana. Descifraban entre las imágenes su medios, sus amigos, pedía ayuda, suplicaba… era inútil.
El maestro ya estaba allí, dentro de ella, pero su cuerpo de negaba a acompañarlo.
No pudo más, la cabeza le estallaba, las arcadas eran cada vez más fuertes y continuas. El bombo y la quena se le metieron agresivos en las venas. Exhausta, vendida, cayó de rodillas y se entregó.
“No puedo abrir los ojos y la música no me hace daño. Tengo frio, mucho frio. Siento que respiro por última vez y que todo el peso de mi cuerpo se quedó allí abajo. He muerto. Me envuelven un sinfín de presencias, son solo luz y ya no tengo miedo, estoy ben muy bien”
La presión s ele bajó al mínimo, al igual que la respiración. Le soplaron tabaco en la nariz y suavemente la balancearon tomada de las piernas y las manos. La quena sonó más fuerte y el bombo retumbó violento. No quería volver y con profunda tristeza retomó la pesadez de su cuerpo verde, antiguo y reptil.
Miró con asombro sus patas y la enormidad de su cola. Se arrastró golosa de tierra estrenando esa forma ancestral y empezó a ver.
La música la llevó hacia sus dolores más antiguos, hacia los miedos más profundos.
“No quiero entrar a esa casa gris, no quiero volver. Pero mis piernas no me obedecen y avanzan sometidas al miedo. Otra vez el silencio y el sol que inicia la tortura. No puedo huir y no quiero entrar. “
Dejó de arrastrarse. Temblorosa empezó a llorar el llanto más triste que puedan los cuerpos. Una inmensa humedad salada le cubrió la piel y con la punta de sus dedos recorrió todos sus espacios.
Se acarició con ternura y tristeza las mejillas, la boca, el cuello, los senos, el vientre, su sexo. Todo muy pausadamente. La quena entendió el momento y dulcificó la melodía, el bombo dejó de sonar y al maestro le fumaron otro tabaco.
“Veo todo tan pequeño y él está allí, con su mirada lasciva hundida entre sus arrugas. La luz se niega a entrar conmigo, solo el olor me señala los detalles. El mismo catre, mi muñeca y me duele el vientre. Todo está allí, la escopeta, el látigo, los libros y la foto de mi madre, sonriente, linda, ajena a todo lo que me tocó vivir sin ella. Vomito por última vez.”
El llanto era cada vez más quedo. Se abrazó y lentamente se levantó. Mientras se apretaba los hombros con las manos y dejaba caer libre su cabeza hacia adelante, hacia atrás, giraba sin parar.
La música alegró su ritmo y unas danzas antiguas penetraron en sus piernas. Respiró con un placer indescriptible el aire de la madrugada.
Comenzaron a brillar las hojas de los árboles y los pájaros nocturnos dejaron de cantar. Apenas si se atrevió a abrir los ojos y se vio allí, humilde ante la vida y agradeció.
Se escuchaba el canto de los gallos y su carcajada que derrumbaba fantasmas.