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Las sombras de la noche

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El calvario de aquel primer día de prisión comenzó desde las primeras horas de la mañana cuando Juan pisó la Estación Policial donde los oficiales de la policía le quitaron el teléfono celular y lo dejaron incomunicado. No podía avisar a un amigo, o, a un familiar, no podía avisar que lo habían detenido, también su mochila donde solamente tenía libros, lapiceros, y un reloj de pulsera, atractivo, que parecía de oro (pero era imitación; y sin saberlo, le gustó al Jefe policial).

Solamente ingresó, a la pequeña celda llevando sus libros y su mochila. Al entrar, lo conversaron algunos tres o cuatro presos: lo interrogaron; le preguntaron qué delito cometió. Y le hicieron saber que todos allí sabían —por información policial— que estaba por violación a una menor. Él lo negó rotundamente; sin convencer a sus interlocutores. Luego, se le acercó otro preso: un hombre que parecía ser el jefe de todos los presos.

Mientras habló con los tres primeros presos, varias veces contuvo las ganas de vomitar. Tenía el estómago revuelto por los olores y por el ambiente asfixiante que se mezclaba con el interrogatorio que le hacían para someterlo con miedo para crearle una actitud sumisa. Querían someterlo. Casi estuvo a punto de orinarse y defecar. Hasta que le arrebataron la mochila. No opuso resistencia. Le dieron un empujón y lo arrecostaron a una pared. Uno de los presos le puso la mano en la garganta, se le acercó, lo apretó del cuello, y lo miraba fijamente a los ojos, hasta que le dijo: ¡Bienvenido al infierno!.

Alguien se acercaba. Todos abrieron paso en medio del insoportable olor a sudor, orines y excrementos. Era el jefe de los presos: se le acercó y traía en sus manos la mochila de Juan con sus libros. Eran varios libros de poesía del argentino Juan Gelman y un premio nobel de literatura llamado Gertrudis Ralf.

Aunque Juan no era poeta, le gustaba mucho la poesía, era conocedor de algunas obras literarias. Todo parecía indicar que al jefe de los presos también le gustaban los libros de poesía.

—¿Conoces la poesía de Bukowky?—Preguntó el jefe de los presos.

—No, no la conozco. Sé que es un gran poeta norteamericano.

—Entonces, a quién conoces?

—Soy lector de Gelman y Ralf.

—Yo no los conozco... Sabes, estás aquí por violación y no por poeta. Claro está: eso lo dice la policía: que eres un violador. Aunque, ellos casi siempre mienten. Quieren que jodamos a los presos. Por eso averiguamos para no perjudicar a violadores inventados por el gobierno y la policía. Porque aquí los violadores no les va bien. Las sombras de la noche salen y muestran sus rostros perversos. Ya lo verás esta noche. Hay dos violadores; contándolo a usted: tenemos dos violadores.

—¡No soy violador!. Me acosté con mi novia; sin violentarla; y quedó embarazada; pero no la violé.

—¿De quién es hija esa novia tuya?

—Del hermano del gobernador.

—Voy a terminar de averiguar todo. Si las sombras de las noches no te alcanzan, ni te agarran esta noche, es porque me convenciste y eres inocente. De lo contrario, la vas a pasar mal; te lo aseguro, te agarran las sombras, y tendrás que pagar con sufrimiento por tu delito. Pocos sobreviven.

—Te repito no soy violador. Me hicieron una trampa. Es una venganza del gobernador que usa todo su poder (el poder abusivo del gobierno) para meterme preso. Tiene la policía, los políticos y los jueces a su mando. Me están haciendo daño. Ella es mi novia.

—Okey. Pronto lo sabremos. Si las sombras no te tocan esta noche, entonces, serás mi amigo; y en la mañana puedes estar a salvo y entrar a mi celda contigua (es mi oficina); allí entrarás en la mañana, y beberemos café; y hablaremos de poesía. Pero, hoy, esta noche: ¡Sálvese!¡ Estás muriendo!.

Se retiró; y le devolvió la mochila (con sus libros).

Tan pronto se fue el jefe de los presos, hizo como pudo para averiguar con otros presos de qué se trataban las sombras. Le dijeron: son las sombras que agarran y tocan en las penumbras de la noche. A los violadores lo agarran varios presos que llegan con sus rostros cubiertos: los intimidan a la fuerza.

Permaneció inmóvil. Se mantuvo en silencio dentro del bullicio. La noche se hizo repentina; los olores de orines y excrementos se combinaban con olores de licor, humo de cigarrillo y marihuana. Balbuceos, cuchicheos, palabras alargadas hasta la morbosidad y la grosería; y un desorden reinaba en la profundidad de la noche. Hasta que dentro del bullicio se oyó un grito espantoso de dolor como salido del vientre del infierno.

Un montón de presos se movieron por el centro del recinto. Todos abrieron paso a 10 o 20 encapuchados. Agarraron a uno de los presos, lo desnudaron, y, uno por uno violentó sus intimidades.

Juan comprendió que habían llegado las sombras de la noche. Los verdugos de los violadores ya estaban cobrando el precio que tenía que pagar el otro preso por haber violado a un niño de apenas 6 años de edad (y luego, asesinarlo).

Sabía que aún no estaba a salvo. Sabía que podía ser el próximo. En ese momento, sintió sus pantalones húmedos (con sus propios orines); sus piernas temblaban; y su corazón estaba muy acelerado; imaginaba a las sombras que llegaban y le colocaban una bolsa de plástico en su cabeza para quitarle la respiración y someterlo: tal como estaban haciendo con el otro preso (que violentaban) en ese instante.

Era cuestión de esperar los próximos minutos que se convirtieron en largas horas de incertidumbre: tiempo que padeció asustado, temblando de miedo (hasta que llegó la claridad de la mañana).

Muy temprano, Juan fue invitado a entrar en la habitación (privilegiada) del jefe de los presos. Bebieron café. Leyeron poesía de Gelman y Gertrudis Ralf.

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