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Cuando llegué a la casa de mis padres, había dos autos patrulla en la entrada. Me temí lo peor. Al entrar uno de los policías me detuvo.
-¡Soy Ernesto! El padre del niño desaparecido –dije desesperado.
Al oír mi voz mi mujer salió del salón con Luís, mi hijo, en brazos. Parecía dormido. Me acerqué a ellos y los abracé.
–¿Está bien?–mi voz sonó rota.
–Sí, solo duerme, pero… –me separé un poco– tu padre… tu padre ha fallecido… esa cosa… esa cosa se lo ha llevado.
–Ha sido ella– mi madre apareció detrás de ellos. Tenía un arañazo en la mejía.
Sentí un cosquilleo que me recorrió toda la espalda. Sentí que el calor se iba de mi cuerpo y como un autómata miré hacia las habitaciones de arriba. Sentí un pitido en los oídos.
Alguien me hablaba, otro policía me decía que una especie de animal salvaje había entrado en la casa y había atacado a mi padre.
Subí las escaleras. Tenía la certeza de que mi padre estaría en la misma habitación, la del armario. Una voz me llegó de muy lejos y me instó a que no entrara, la ambulancia no tardaría en llegar.
Nada me habría preparado para lo que vi, mi padre yacía inerte en medio de la habitación. Tenía unas profundas heridas en el cuello y su expresión era de inusitada tranquilidad.
–Ha sido Elisa. Al fin se llevó lo que tanto quería –dijo mi madre.
Elisa se volvió loca. Su única hija desapareció en extrañas circunstancias. Decía que un demonio se la había llevado por un agujero en la pared.
Lo poco que sé, lo sé por mi madre y ella a su vez lo sabía de la suya hasta llegar a la hermana menor de Elisa, nuestra antepasada. Cuando llegó para cuidarla, no hacía un mes de la desaparición, pero el aspecto de la familia era como si hubieran pasado años. Ernesto, su cuñado, intentaba mantener la cordura por los dos.
Según cuenta, el demonio estuvo acechando a la pequeña semanas atrás, hasta que se la llevó. Elisa, en su delirio, decía que su hija seguía en la habitación, en las paredes. Fue tanta su locura y desesperación que terminó por suicidarse dentro del armario de su hija en un vano intento de encontrarse con ella y el armario quedó maldito con su espíritu.
-Tu padre se sacrificó para que el fantasma de Elisa no se llevara a tu hijo. Se fue con ella para acompañarla en su eterna soledad.
–No creo que haya sido Elisa– dije mientras observaba las marcas en el cuello de mi padre. Parecían hechas por unas garras de un ser con cara de gato despellejado