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Pesadillas

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El otoño estaba a punto de llegar a su primera quincena.

El Sr. y la Sra. Martínez hacía menos de medio año que se habían mudado al modesto pero cómodo piso de la calle Olvido, al oeste de la ciudad.

Era un cuarto sin ascensor. Una habitación de matrimonio, otra más pequeña que ocupaba su única hija, un pequeño salón y un baño atestado de pequeñas cosas pero bien ordenado; la Sra. Martínez se ocupaba bien de ello, la mayoría de las pequeñas cosas eran de ella.

El Sr. Martínez no necesitaba mucho para acicalarse. Aunque no era un hombre presumido, le gustaba cuidar modestamente su imagen.

Una noche, sobre las doce de la media noche, la niña, que aún no había cumplido los cuatro años, se despertó llorando. Su madre se levantó para ver que le ocurría.

–¿Qué pasa cariño? –le preguntó la Sra. a su hijita.

–Mami, hay un gato feo con cara de viejo debajo de la cama– le respondió la niña entre sollozos somnolientos.

–¿Un gato?– se extrañó la señora. Puede que se hubiera metido por alguna de las ventanas, se dijo. Pero cayó en la cuenta de que ya no dejaban las ventanas abiertas y, algo mucho más obvio para descartar esa idea; ya no vivían en casa de su hermana, una construcción de planta baja a las afueras.

A cuatro pisos de altura, es casi imposible que se hubiera metido un gato en el apartamento

–Ha sido un mal sueño mi vida– le dijo la madre a su hija–. Vuélvete a dormir mi amor –y le dio un beso en la frente.

–Deja la luz encendida– le pidió a su madre.

Pasaron los días y la madre olvidó el episodio. Lo olvidó incluso al día siguiente. Cuando el Sr. Martínez le preguntó que había hecho llorar a la niña, la madre solo pudo contestar

-Tuvo una pesadilla.

A la semana siguiente, el Sr. tuvo un mal sueño. Estaba de pie en una habitación indeterminada. Una cinta de embalar le ataba los tobillos, las rodillas y le amarraba los brazos a los costados. Tenía una mordaza. No podía moverse. Solo podía ver un agujero en la pared, como el de los ratones de los dibujos animados.

El agujero se hacía más y más grande y de este salía un pequeño ser, no alcanzaría el medio metro. Arrastraba algo metálico, llevaba algo debajo del brazo y agarraba otro objeto con su pequeña mano huesuda.

Se acercó al padre que no podía bajar la mirada para ver que trajinaba el pequeño ser. Lo que arrastraba era una escalera de metal, llevaba un pequeño retrato debajo del brazo y un martillo en la mano.

El duende se subió a la escalera hasta quedar a la altura del pecho del padre, se metió la pequeña mano debajo de la piel y sacó un clavo ensangrentado, cogió el cuadro de una niña sentada en un columpio y se dispuso a clavarlo al pecho del padre que no podía moverse.

El padre notó el primer martillazo, el segundo también y al tercero se despertó. Tenía lágrimas en los ojos y con un fuerte dolor en el pecho. Estaba tumbado al lado de su mujer. Estuvo a punto de despertarla, pero pensó que sería ridículo. Estaba empapado en sudor frío. No recordaba una pesadilla desde su infancia.

Se dio la vuelta para volver a conciliar el sueño, pero oyó algo que provenía del pasillo. Era como un quejido, un sollozo. Tardó medio segundo en comprender que era su hija y tardó aún menos en levantarse e ir a la pequeña habitación.

Antes de abrir la puerta del cuarto, pudo oír lo que decía su hija

-No, deja a papi en paz.

El padre abrió la puerta, encendió la luz y al acercarse a la cama de la niña, la niña se despertó sobresaltada y, como si estuviera esperándole, saltó a sus brazos.

La hija estaba temblando y el padre intentaba calmarla meciendo su cuerpo como si fuera un bebé. El padre, con la hija en brazos, salió de la habitación para llevársela a dormir con él y su mujer.

Algo se movía debajo de la cama de la hija y el padre no pudo ver que ese algo, con cara de viejo, salía corriendo de debajo de la cama y se metía en el armario que tenía las puertas abiertas. Un armario rosa con flores talladas en los bordes de las puertas.

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