No le extrañó el silencio, pues nada impedía su deber.
Y salió puntual una vez más.
—Cucú, cucú. ¿Cuál hora es?
Esta vez nadie reaccionó.
Ni recordando a su hijo lindísimo,
ni apresurando la arepa,
ni sintonizando en la tele Pasapalabra, mucho menos abriendo la llave del agua.
Le daré tiempo, pensó, para la próxima.
Volvió a entrar a su colorida casita.
Recogió unas plumas sueltas, afinó el sonido musical incorporado.
Sacudió el polvo de su interior tratando de evitar extrañarse.
Distrayendo su preocupación con ocupaciones, así como aprendió.
Llegó el momento.
—Cu-cú, cu-cú. ¿Cuál es la hora?
Y nadie le respondió: ¡Bendito sea Dios, son las tantas!
¡Ni por ahí viene Marcelo!
¡Ni ya debe estar por llamar Marta!
¡Ah, caramba!, se percató. Parece que salió.
Estoy solo… ¿Me dejó sin oficio?
¡Ay, no! No puedo parar…
Pero, ¿qué mediré?
No hay momento de arepita,
ni de tecito,
ni de llamadas,
ni de trono,
ni de Netflix…
Tampoco para ir a dormir
Ni mucho menos para los Vargas.
Quedó pensando, casi meditando en responder por su cuenta.
—Cu-cú, cu-cú. ¿Cuál hora es?
La de esperar que vuelvas.