OFICIO DE VAGABUNDO (XXII)
Volver al tiempo de la calma, al río,
aquel río de sombras algo cursis.
Observar la crecida y los pedruzcos
en la ruptura, el odio a mi semblante.
Yo sé que lo adivino: es la llamada,
cinco minutos en la gran tormenta,
el ritornello de los malos pasos
y un dolor con raíz de muertes fáciles.
Me consumo en mi huérfana palabra.
Me parezco a las islas que obsesionan
a esta isla que sufre mis terrores.
No le digo a la piedra: cae, vuelve
sobre mi cráneo, desfigura, escupe.
No le digo a mi padre que fui el otro
inútil, genuflexo, asustadizo,
que me voy a escobar a un ángel muerto,
que el disparo en la sien nos diviniza,
que la cara en el sol funciona y arde.
Caminaré, caminaré. Ya en mí
no hay obispos con líricas sotanas.
Debajo de la hierba me susurran
insectos que perdonan. Bien estuve
y bien con las galaxias otros ruidos,
la comunión fallida, clavo, cruz,
una pregunta que persigue, espanta.
Déjame, déjame, déjame en la orilla,
en la quietud apócrifa el dinero
que no llegó a morir en mi bolsillo.
Y otra vez la neurosis del eunuco,
mi calvario doméstico, mi pobre
manera de saltar y no saltar.
Porque unos golpes vienen como víboras
estoy en la inmundicia de un cigarro
y escucho la pelea de los verbos
detrás, detrás, detrás. Por qué se empeñan
en la respiración entrecortada.
Por qué me azuzan y me dejan solo
estos versos que ritman el espanto,
que se duermen, se van a los orígenes
de la amargura, el frenesí, la noche.
Ya no me salvarán ni las palabras.