Esta interesante escritora norteamericana explora en ámbito antes recorrido por Raymond Carver y otros escritores de la clase media norteamericana, de la gente común, en la que nos aceramos a sus vidas, a sus problemas, a sus pensamientos y reflexiones.
Al principio me produjo una sensación de espanto y vértigo esa gris cotidianidad de unos personajes tristes, sin nada extraordinario, porque los relatos nos acercan a las vidas de seres humanos heridos, y vamos viendo cómo han sido sus historias, sus relaciones, las experiencias que los definen, como les digo, no se trata de una lectura estimulante, más bien es una lectura prueba de fuerza, en el sentido de que continuas leyendo para saber a donde va a parar ese fragmento de vida al que te has asomado, pero no por el encanto o la fascinación ante lo leído.
Creo que este libro de cuentos asume el riesgo de revelarnos el rostro de la Norteamérica profunda, esa que casi no se ve en las series de televisión o películas, y que supone un contraste brutal por el fracaso rutinario y sin aspavientos de estos seres que vienen de regreso de todo, que sobreviven con las migajas de la civilización, en lo emocional y en lo material.
Uno de los últimos relatos del libro trata de una mujer de mediana edad, con un matrimonio más bien fallido, que afronta una enfermedad importante y a la que vemos enfrentar y analizar su vida con implacable claridad y lucidez, a la que vemos elegir cada día sus acciones, decidir y aceptar sus infortunios:
Me conmovió particularmente la escena donde Ruth reflexiona sobre el hecho de que la vida se compone de cuerpos sanos, y alguien enfermo simplemente permanece en un borde, como al margen de la vida verdadera, esa en la que los cuerpos sanos se desplazan, actúan, respiran.
Me gustó mucho su estilo narrativo, porque uno siente que es una escritora que encuentra las palabras perfectas para lo que está mostrando, uno tiene la sensación de que lo que dice no se podría decir de una manera más concisa, precisa, poética, así que la impresión que me llevo de este libro es que merece la pena leerlo, aunque sus personajes sean tristes mutilados, es una cara de la vida ante la que no podemos cerrar los ojos, todos formamos parte de este gran mosaico viviente que es el mundo, y Lorrie Moore ha conseguido trazar magistralmente un fragmento de este gran cuadro en movimiento.