Corrían las vacaciones de verano y como era costumbre mis padres, mis dos hermanos y yo decidimos irnos de viaje para visitar a nuestra familia, partimos desde la Capital, Caracas, que es donde residimos para llegar hasta la Isla de Margarita, lugar en el cual nacimos todos y donde se encuentra la gran mayoría de nuestra familia.
Cuando visitamos la isla nos hospedamos en la casa de mi abuela la cual es lo suficientemente grande como para acogernos a todos, además cuando vamos de visita varios de mis primos suelen quedarse ahí para compartir con nosotros por lo cual siempre resulta muy entretenido. Era el que parecía terminaría como un día común, cuando sonó el teléfono y contesto mi abuela, a los pocos minutos ella misma nos estaba llamando a uno de mis hermanos, un primo que había pasado la noche con nosotros y a mí. La abuela nos comentó que una de mis tías estaba preparando un almuerzo y quería que todos asistiéramos para pasar un rato en familia y nos pidió que nos arregláramos.
Una vez estuvimos listos, bajamos las escaleras desde el segundo piso que es donde se encuentran las habitaciones y en ese momento nos dimos cuenta de un pequeño inconveniente, en la casa nos encontrábamos seis personas; mis padres, mi abuela, mi hermano, mi primo y yo, mientras que en el carro de mi padre el cual era el único que se encontraba en la casa, solo entran cinco personas. Al darnos cuenta de la situación, mi primera reacción fue bromear con mi primo diciéndole que le tocaba irse caminando hasta la casa de nuestra tía, ante la mirada nerviosa de mi primo quien parecía habérselo tomado muy en serio, decidimos que para que nadie se fuera solo mis padres y mi abuela irían en el carro mientras los mas jóvenes tomaríamos el autobús.
Para esa época mi hermano y yo no teníamos mucho dominio de las rutas de trasporte, pues cada vez que viajábamos, normalmente contábamos con alguien que nos pudiera dar algún aventón, mi tía se había mudado hace relativamente poco por lo cual tenía algunas dudas sobre como desplazarnos hasta allá, sin embargo, yo recordaba una manera de llegar a la casa, pero para ellos deberíamos caminar un trecho no muy largo de aproximadamente veinte minutos para poder abordar un transporte que nos dejaría justo enfrente de la casa de mi tía, asomé esta idea ante mi hermano que tampoco tenia muy claro el que camino tomar y mi primo quien a pesar de vivir en la isla raramente se desplazaba en autobús hasta la casa de mi tía por lo cual era un manojo de dudas, irrumpió mi abuela en la conversación argumentando que ese camino era una innecesaria perdida de tiempo debido al que para ella, debido a su edad, resultaba un trayecto infinito desde su casa hasta la parada de autobuses ya que justo enfrente de donde estábamos pasaba un autobús que nos dejaría a una cuadra de una famosa farmacia del pueblo y una vez allí tendríamos que caminar una cuadra para poder subir a un nuevo autobús que nos conduciría a nuestro destino.
Parecía una gran idea ya que nos ahorraría una buena parte del trayecto, pero de igual forma yo me sentía dudoso pues no recordaba exactamente donde se encontraba la farmacia, además el lugar donde debíamos esperar el autobús era el mismo por donde pasan los autobuses que conducen a la casa de mi otra abuela, la misma se encuentra por un camino totalmente distinto al que debíamos seguir, pero mi abuela insistió haciendo énfasis en que estábamos con mi primo y el debía recordarlo, tal vez por no querer quedar igual que sus primos que no viven en el lugar, mi primo dijo que el sabia de cual ruta nos hablaba la abuela, por lo cual decidimos tomar este camino, pasamos al menos diez minutos en la parada y pude observar al menos dos de los transportes ya mas conocidos para mi que conducían hacia el pueblo donde vive mi abuela paterna, finalmente apareció un nuevo autobús y mi primo dijo “este debe ser” algo no me convenció de esa frase, “ese debe ser” no era una oración que me trasmitiera mucha confianza. Por lo que le pregunté si estaba seguro a lo cual me contesto que si. Arranco el autobús y empezamos a hablar entre nosotros, pasados unos minutos me distraje un poco y cuando asome mi mirada hacia el exterior del autobús pude observar que ya no se veían mas casas, solo se observaba una gran cantidad de árboles, en es momento miré a mi hermano quien parecía haber empezado a notar la situación justo al mismo tiempo que yo, no cabía duda, he pasado por aquel camino desde que tengo memoria, era el trayecto que separaba el pueblo donde vive mi abuela paterna de aquel donde vivía mi abuela materna, entre tantas risas nos distrajimos y no nos dimos cuenta de que pasamos el lugar donde debíamos bajarnos para llegar hasta la farmacia, nuestra primera reacción fue observar a mi primo que aun no parecía entender lo que estaba pasando.
Con mucha vergüenza y al mismo tiempo con algo de furia tuvimos que bajarnos después de diez minutos más de trayecto, ya que en el camino que separa los dos pueblos ningún autobús realiza paradas, terminamos en un pueblo llamado "Tacarigua" el cual se ubica poco antes del pueblo de mi otra abuela. Nadie dijo ni una palabra mientras esperábamos el nuevo autobús que nos conduciría al mismo sitio donde empezó nuestro trayecto. Finalmente después de aproximadamente veinte minutos nos encontrábamos nuevamente frente a la casa de mi abuela, en ese momento seguía la discusión que había nacido en el autobús sobre quien tenia la culpa de lo sucedido, pero finalmente ya un poco más calmados decidimos tomarlo con calma y las risas entre nosotros tres no se hicieron esperar, solo que ahora después de casi una hora perdida en un viaje innecesario estábamos en el punto de partida y no nos quedo otro remiedio que tomar el camino que en un principio tratamos de evitar, y tuvimos que caminar alrededor de veinte minutos bajo un inclemente sol por el camino del cual yo siempre estuve seguro, finalmente llegamos a la famosa parada “lejana” y abordamos un trasporte. En cuestión de unos treinta minutos nos encontrábamos en la casa de mi tía.
La primera reacción de todos fue preguntar el porque habíamos demorado tanto, después de unos minutos con mucha vergüenza nos tocó aceptar lo ocurrido y contamos la historia de como terminamos casi al otro lado de la isla, nunca olvidare la expresión de mi tío quien con la boca abierta simplemente dejo escapar un “No puede ser”. Mi abuela fue la primera en soltar una carcajada, incapaz, al igual que todos los presentes, de creer que habíamos cometido tal equivocación, mi tío después de salir de su asombro inicial tampoco tardó en empezar a bromear con nosotros tres, los principales chistes iban dirigidos hacia mi primo quien era el que vivía en la Isla y en teoría debió guiarnos, pero no hizo mas que dejarse llevar por la situación, mi madre simplemente no dejó de repetirnos que toda la vida hemos visitado a nuestra abuela y no podía creer el hecho de que no reconocimos que íbamos por mal camino mientras que mi tía seguía incrédula por el hecho de que sus sobrinos se perdieron llegando a un sitio tan recurrente como su casa. No es muy difícil imaginar cual fue el principal tema de conversación aquel día en el que nos reunimos para almorzar y los días posteriores donde comentarios como “No vayas a terminar en Tacarigua” cada vez que salía de la casa no se hacían esperar. Después de aquel día siempre observo dos veces antes de subir a un autobus y más si me encuentro en Margarita o siento la mas mínima duda. ¿Y tú? ¿Alguna vez has tomado el autobús equivocado en un viaje que debió ser fácil?