Hoy el sol está ardiendo son las dos y treinta de la tarde, me encuentro en el patio de mi casa donde esta el jardín, se halla en ruinas por descuido que ha tenido durante los últimos años, antes era el paraíso o algo parecido a ello.
Así lo fue, pues en esos momentos no tuve duda de ello, al sentir como la brisa me acariciaba y como los rayos del sol me iban penetrando la piel de mis brazos y de mi cuerpo desnudo.
Al escuchar el trinar de los pájaros en las copas de los árboles, la serenidad que sentía al ver las flores que lucían sus colores pavoneándose entre sí pero sin competir.
Ahora, cuando me estoy acercando a las lagartijas no huyen ni se espantaban como antes, simplemente me miran están atónitas, incluso parecen provocadora. Ante mi actitud, no deseaba titubear cuando tomara la manzana madura que el Diablo me daba en ese momento.
Desde hace tiempo estoy acostumbrada a su presencia, llego vestido de galán de cine:
de chaqueta y pantalones ajustados, con tenis de marca y lentes de sol, esta vez no tuve miedo, su sonrisa era dulce y simpática, siempre me sedujo.
Hubo una época en que lo aborrecí, le lance piedras, hasta le arroje baldes de agua, incluso llegue a hostigarlo con la escoba para que se marchará.
Pero hoy en este día tan esplendoroso en
el patio de mi casa veo el sueño que cargaba, creando un mundo imposible de existir para ambos, observo como los rayos de luz que van cubriendo las hojas de las plantas
y los muros demolidos que ahora permiten entrar a estos rayos
enormemente frágiles.
Miré de frente al diablo y esta vez no quise atacarlo, simplemente accedí a tomar la manzana, era roja y grande exactamente igual como la presentan en los cuadros renacentistas, decidí morderla, cuando toco mi paladar la sentí suave y en ese instante tuve compasión del Diablo y de lo que le aguardaba.
Todo lo que antes él quería de mí, y que yo accedí para complacerlo ahora
lo consideraba aburrido.
En ese preciso instante, nada se podía comparar con la luz y la brisa que se iba
entrelazando con mi piel.
En esta tarde, justo a las dos y media me encuentro
dentro de mi jardín, lo he cerrado con muros de amor donde nada puede dañarme, lo miré con tristeza, con dolor añejo, luego erguí mis hombros mostrando mi entereza.
Entonces él se fue gritando improperios por toda la calle, caminaba cabizbajo con el rabo entre las piernas.