Cuentos de camino: La muerte de Pascual

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Literatos
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La narración a continuación está inspirada en un hecho real, los nombres de los personajes han sido cambiados para efecto de esta publicación.

En el año 2018 tuve la oportunidad de viajar a los llanos occidentales, específicamente al Estado Portuguesa, a la población de Papelón. Allí estaría aproximadamente tres meses, ya que para la fecha se estaba ejecutando una remodelación y ampliación en las caballerizas de una finca ganadera, de la cual, la empresa para la que laboraba era la responsable de ejecutar. Mis primeras dos semanas de estancia transcurrían en los predios de la obra, aún no tenía la oportunidad de conocer el pueblo y sus alrededores.

Para la semana número tres, los empleados de la obra me invitaron a salir una tarde a recorrer el pueblo, al llegar, ingresamos a un negocio local que estaba abarrotado de lugareños, se llamaba “El Caney”, era impresionante ver tanta gente en un lugar tan pequeño, carne en vara, música llanera en vivo, partidas de bolas criollas, juegos de dominoes, un gran espectáculo a la vista de todos. Era impresionante ver el talento musical local, niños, mujeres y hombres, todos cantaban por igual, o en su defecto, tocaban algún instrumento musical.

Los días seguían pasando y era frecuente nuestra asistencia al caney, allí hice amistad con Miguel, y este, poco a poco me fue presentando a más y más personas. Recuerdo claramente cuando conocí a Pascual, un amigo de Miguel, un hombre muy alegre y divertido, polifacético, tenía la habilidad para el canto, la poesía, los chistes, en fin, desbordaba talento y pasión por su cultura; también era enamorado a decir basta, como buen llanero según sus palabras, “Las mujeres existen para darle amor, hablarles bonito y llenarlas de detalles”. Literalmente, no podía ver pasar una escoba con falda porque inmediatamente la llenaba de halagos y piropos.

Las siguientes semanas fueron habituales, los trabajos en la finca, las idas al Caney y las reuniones con amigos locales. Para la última semana de mi estancia, organizamos un compartir en el Caney, los dueños de la finca sacrificaron una res para la carne en vara, invitamos a los locales en agradecimiento por su gran acogida durante esos tres meses. La tarde transcurría muy amena, pero una lamentable noticia empaña la celebración, Pascual había muerto, al parecer unos ladrones estaban robando ganado de la finca que él cuidaba, y al querer hacerles frente lo asesinaron. Ese hecho acabó con la celebración, Pascual era muy querido en el pueblo, era referencia para todos los artistas locales, su carisma y su talento era muy apreciado por todos.

Al día siguiente asistimos al sepelio, mientras unos lloraban su partida otros reían y cantaban en honor a él, comentaban que siempre dijo que al morir, quería risas y canto, no lágrimas. Al finalizar el servicio fúnebre, la mayoría de los asistentes nos dirigimos al Caney, el tema de conversación para todos seguía siendo Pascual, algunos hablaban de lo buen hombre que era, otros criticaban la vida que llevaba, otros tantos lo juzgaban por tacharlo de mujeriego, era alabado por sus cualidades para el canto, criticado por ser borracho y parrandero, en fin, cada quién tenía y juicio propio sobre él.

Luego de dos días, emprendo el viaje de regreso a mi ciudad, en el camino pensaba acerca de la experiencia vivida en Papelón. Pero, sobre todo pensaba en Pascual y en la reflexión que me dejaba todo lo sucedido, entendí que, él vivió la vida a su gusto, haciendo lo que quería y llenaba sin pensar en las críticas o prejuicios de terceras personas.

Esto me llevó a afianzar e internalizar lo siguiente:

Para algunos somos buenos, para otros seremos malos; muchos alabarán nuestras virtudes y otros tantos criticaran nuestros defectos. El momento de nuestra muerte traerá dolor y tristeza a ciertas personas, llenará de alegría a otros tantos, se hablará muy bien de nosotros, pero, también se dirán cosas horribles; nos desearán la paz y el descanso eterno, y en igual medida, nos desearán revolcarnos en la tumba y quemarnos en la paila del infierno.

Dada esta realidad, la lección aprendida y que rescato con la muerte de Pascual es:

Hay que vivir la vida a plenitud, ser feliz y disfrutar de cada momento como si fuese el último, amando a nuestros seres queridos, dedicados a la familia y su bienestar, ser lo queremos ser, hacer lo que queramos hacer. No vivir para que otros sean felices a expensas de nuestra propia felicidad, porque al final del día, seamos buenos o malos, cada quien tendrá un concepto propio y una imagen diferente de lo que somos, y al transcurrir del tiempo, solo seremos un recuerdo para algunos pocos.

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