La noche era fresca y la brisa chocaba contra los cuerpos que se sumergían en el agua. Ella estaba nerviosa, él también. El mar en cualquier momento podía cobrarse algo pendiente de alguno de los dos. Ambos estaban alertas, pues no se veía nada. Solo eran sensaciones: agua, frío, dentera. Ella se sentía muy bien. Era la primera vez que pasaba la noche frente al mar.
Decidieron bañarse un rato, porque pronto sería hora de regresar al hotel. Se encontraban en una reunión familiar. “Quédense un rato más, ya vienen unas cervezas”, dicen. Sin embargo, un grupo decide retirarse y otro decide quedarse. Mientras llegaban las otras birras se movieron hacia el frente de la casa. No pasó mucho tiempo cuando ya las cavas estaban llenas de cerveza.
Un palo e’ ron. Una botella de cerveza. Risas. “¿Quieres otro?”, dicen. Agarra el vaso y bebe ron. Pide el destapador. Ella agarra una cerveza. Otro palo e’ ron. Busca algo en el carro. Regresa. Pide el destapador. Otra cerveza. Otro palo e´ ron. Selfie. Otro palo e’ ron. Se acaba una de las botellas. Hay otra. “¿Quieres otro?”, dicen.
Y entre bebida y bebida ya estaba happy, bueno, más que happy. Era una sensación satisfactoria. Se sentía relajada, contenta. Quería seguir, pero ya era hora del regreso. Tenía unas pocas ganas de orinar. Sin embargo, su estado la hizo procrastinar su necesidad.
En el carro iban cinco. Sus papás adelante. Su hermano y su primo atrás con ella. “Vamos a entrar al hotel, compórtense”, dice la mamá. En todo el trayecto hablaban de cosas-varias. Hablaban en portugués. Solo eran unas pocas frases. Frases que seguro habían aprendido a lo largo de su vida. Ella era más sensible a las vallas brillantes, a las luces de los carros. Sus ganas de orinar no desaparecían, se incrementaban. Pero no quiso decir nada, porque ya llegarían al hotel.
Al llegar a las puertas del hotel la mamá les recordó la compostura. Ellos asintieron. Ella tenía unas ganas de orinar brutales. Entran y van hacia los ascensores. Les toca esperar un rato. Ella aguanta.
Ya dentro del ascensor conversan y entra un señor. Sus ganas de orinar no se van, se incrementan. Luego sale el señor y alguien hace un comentario chistoso. Ella no recuerda, solo sabe que fue cómico. Sus ganas de orinar no se van, se incrementan. Risas y más risas y de inmediato otro elemento más: un chorro.
Cuando sintió el chorro salir solo se dejó llevar. Sin embargo, fueron unos pocos segundos. Veía hacia los lados las carcajadas de los demás. A su vez sentía una grata satisfacción. Mientras reía, el chorro continuaba saliendo. La orina le corría por sus piernas. Todo lo veía en cámara lenta y luego algo en su cabeza la hizo reaccionar. Cierra el grifo, pero con medio tanque vacío.
El ascensor se detiene en un piso. Ella sale como si nada. La mamá ve un pozo en una de las esquinas del ascensor. Fueron a dejar a su primo en la habitación y al llegar pide el baño con angustia. Todavía tenía que vaciar completamente el tanque. Le quedaban como veinte segundos de chorro. Se sienta en la poceta y ve la gloria. Suspira fuertemente, mira hacia arriba. Se queda un rato ahí. Sale y su primo la invita a que lo acompañe en el suelo. Ella se lanza. Ya puede estar en paz. Juntos en el piso celebran la pea.
La mañana siguiente se monta en el ascensor, ya no hay pozo. Revisa el techo con la vista. No, no hay cámara en los ascensores.
Gracias por llegar hasta el final
Ilustraciones hechas por Juan Pablo