Jorge y Melissa, eran esposos. Vivían muy felices, tenían dos niños y nadie sospechaba la tormenta que se desataría en los meses siguientes.
El diablo, donde quiera mete las narices. Jorge trabajaba repartiendo cosméticos por la comarca, así que uno de esos días conoció a una muchacha que de inmediato quedó fascinado con ella. Al poco tiempo iniciaron una relación amorosa. Desde entonces Jorge no volvió a ser el mismo en su hogar. Llegaba de mal genio, a todo le ponía defecto, esta comida está salada o está fría, esta casa si está sucia, aunque estuviera impecable, etc. Una tarde vino más molesto que de costumbre, preguntó algo a Melisa y esta que ya estaba arta de los malos tratos de Jorge le contestó no muy amable que se diga, y Jorge le lanzó una silla, con suerte que no le dio. El lo que buscaba con todas estas manifestaciones de ira era que Melisa lo botara del hogar. Él vio la oportunidad de irse y así lo hizo. Tomó su maleta y dio un fuerte portazo al salir, dejando atrás a su mujer y a sus hijos.
Silbando, contento llegó a la casa de Lucía, que así se llamaba su amante. Al verlo entrar con la maleta Lucía le preguntó: ¿“Qué haces aquí con esa maleta”? Vine a vivir contigo, a lo que ella respondió: “Estás muy equivocado si crees que yo te voy a permitir que te quedes en mi casa” “Tu lugar está al lado de tu esposa, de ti sólo me interesa lo que me das y los buenos ratos que compartimos”. Jorge no tuvo más remedio que regresar a su hogar. Pero definitivamente no era su día. Melisa, digna como era le dijo al verlo llegar: “Aquí nada tienes que venir a buscar, váyase por donde mismo vino, para mí y para nuestros hijos estás muerto”. Jorge con lágrimas en los ojos rogó, suplicó, prometió, pero Melisa, no dio su brazo a torcer. Desde ese día Jorge hizo todo lo que estuvo a su alcance para reconquistar a su esposa. Le hacía regalos, llevaba los niños al colegio, al parque, hasta les celebraba los cumpleaños pasados. Así estuvo 6 meses hasta que Melisa, que era una mujer buena lo perdonó. Ahora, Jorge cuando va por la calle no mira para los lados. Aprendió la lección y nunca más se dejó tentar de esas féminas hermosas, que sólo quieren pasarla bien, quitándoles a los hombres incautos todo lo que pueden.